La tiranía del algoritmo en la literatura
Eran los tiempos de una juventud
inquieta que escribía sobre lo que quería, sin más restricciones que las
derivadas de su particular percepción, como entiendo que ocurría con los
autores consagrados y todo aquel que aspiraba a fraguarse un lugar en el ámbito
de las letras. De modo que la libertad —o, en todo caso, la soberanía para
escoger los tópicos sobre los cuales escribir— era un asunto del único arbitrio
y decisión de quien los suscribía. Acaso se admitía una considerada
insinuación, una tímida sugerencia o una recomendación vertida desde las más
íntimas cercanías para matizar o influir en la exposición de determinadas
ideas, pero nunca una imposición de terceros por razones de estilo o tendencias
con fines mercantiles, alienando así la natural soberanía del oficio de
escribir.
El título que escogí para estas
notas ya antes otros autores lo han empleado para describir el mismo propósito
que anima esta escritura. Uno de ellos es Kyle Chayka[1],
con su artículo The Tyranny of the
Algorithm: Why Every Coffee Shop Looks the Same («La tiranía del algoritmo:
por qué todas las cafeterías se ven iguales»), donde desarrolla una bien
argumentada exposición sobre la influencia que los algoritmos tienen en las
preferencias de las personas. Aunque el asunto, en realidad, no es nuevo
—porque en el pasado la influencia de los mass
media fue determinante para la manipulación de la conciencia colectiva a escala
planetaria—, el escrito en cuestión plantea una inquietante línea argumental
sobre la alienación colectiva en el presente siglo: una realidad de
estereotipos y perspectivas similares como nunca antes conoció la humanidad,
donde la piedra angular de todo este proceso la constituye la abrumadora
influencia de las redes sociales.
Si en el pasado la fabricación
de estereotipos era un proceso de reproducción cultural permanente, aquello
ocurría en lapsos temporales relativamente largos que permitían la reacción
contestataria de la sociedad; a lo que habría que añadir un contexto
intelectual dotado de valores culturales para contener, con sentido crítico, el
propósito de estandarizar los gustos y la concepción de la vida. De ahí la
abundante literatura sobre el tema durante aquel periodo. De aquel lapso
valdría la pena citar, por ejemplo, la obra de Wilson Bryan Key (1988), Seducción subliminal:
«Los lenguajes
subliminales no se enseñan en las escuelas: la base de la eficacia de los
medios de comunicación modernos es un lenguaje dentro de un lenguaje, uno que
nos comunica a cada uno de nosotros a un nivel inferior de nuestro conocimiento
consciente, que llega al mecanismo desconocido de la inconsciencia humana. Este
es un lenguaje basado en la capacidad humana de recibir información subliminal,
subconsciente o inconscientemente. Este lenguaje ha producido de manera
verdadera la base de ganancia de los medios de comunicación masiva». (p. 39).
Hoy en día, situándonos en los
últimos veinte años, aquel contexto de reproducción de estereotipos se ha
agudizado de manera dramática. Lo que antes tardaba meses o días en
consolidarse, ahora se consigue en instantes. Así, una idea, imagen o enunciado
puede darle la vuelta al mundo de forma inmediata y, conforme a los algoritmos,
conocer casi al instante cuál ha sido su impacto. El artículo de Chayka
describe cómo ya no importa si estás en Bogotá, Madrid o Tokio; el algoritmo ha
dictado un estándar estético global que anula la identidad local en favor de
una uniformidad de gustos. Explica cómo los negocios han adoptado una estética
idéntica para que todos tengan una misma imagen. Alguien podría preguntarse:
«¿Qué hay de malo en eso?». En apariencia, nada, si se valora solo como
tendencia estética. El asunto se complica cuando ese mismo algoritmo impone
preferencias en otros ámbitos, como el político, donde ya vemos reivindicar
perversiones del pasado mientras se defenestran logros civilizatorios si
conviene a determinados intereses globales.
Aquí encaja mi reflexión sobre
la literatura. Creo que nunca en la historia hubo tantas personas escribiendo y
tantos lectores confluyendo en las dos caras de una misma moneda. Mi angustia
es que esta maravilla del ingenio humano termine siendo una mercancía en el más
estricto sentido; que el ejercicio intelectual concluya contando a los lectores
solo lo que desean de acuerdo a preferencias previamente estereotipadas, en una
clara enajenación de su soberanía intelectual. Una abominable deriva que
desterraría de la creación el brillo de su autenticidad.
Tendríamos, por un lado, una
legión de consumidores de contenidos promedio dictados por plataformas masivas
y, por el otro, la seudoliteratura usurpando el lugar de la creación auténtica.
Una realidad difícil de develar cuando el antifaz de la posverdad domina la
sociedad, haciendo realidad la advertencia de Herbert Marcuse: «La catástrofe
verdadera es la perspectiva de idiotización, deshumanización y manipulación
total del hombre».
La literatura es la creación
humana más trascendente desde que se inventara la escritura y, quizás, el
prodigio intelectual de mayor relevancia desde el instante mismo en que
nuestros antepasados sintieron el peso de su ser al ver su cara reflejada en un
arroyo.
El peligro no es que la IA
escriba como un genio o sea capaz de imitar nuestras emociones, sino que los
seres humanos nos acostumbremos a leer como máquinas, atrapados en el contenido
promedio de las redes sociales sin admitir la excepcionalidad; esa maravilla
con la que cada autor se presenta ante sus lectores, el élan vital que le impulsa a concebir la literatura como un
constante desafío de sus capacidades para sorprender a sus semejantes. Este
riesgo nunca antes lo tuvo la humanidad, incluso cuando en el pasado los mass media influían abiertamente en
corrientes de opinión, modas y preferencias de consumo.
No estoy seguro de que, con el
despliegue alucinante de las nuevas tecnologías y plataformas, podamos tener
una convivencia equilibrada entre ellas y el arte de escribir. Lo ideal sería
que remitan principalmente a su uso como instrumentos de soporte —sea
documental o de inmediatez en el acceso a fuentes— y no a la suplantación del
ingenio humano para convertirnos en víctimas de la probabilidad estadística que
dictan los algoritmos. Es una puja de resultados impredecibles que quizás
resulte favorable a la perspectiva que represento; es posible, dada la historia
construida por el hombre, pero nadie podría garantizarlo.
Algunos con quienes he
conversado el tema sacan a colación el caso de la fotografía: cuando apareció,
los pintores —entre ellos los retratistas— imaginaron que su arte
desaparecería, pero con el tiempo la fotografía también derivó en un arte. No
estoy seguro de que en nuestro tiempo ocurra lo mismo en la inevitable
interacción entre escritores, lectores, IA y redes sociales.
Por ahora, a quienes deseamos
una ponderación soberana del asunto, solo nos queda persistir. Busquemos el
modo en que una tecnología que amenaza con hacer "caída y mesa
limpia" termine facilitando las cosas para que, como el escultor, la IA se
limite a buscar la piedra en la cantera, picarla y pulirla, para que el artista
finalmente la talle y cree la obra que ha de ser admirada como expresión de su
auténtica excepcionalidad y no como la aburrida rutina del estereotipo que no
sorprende a nadie.
[1] Kyle Chayka es un reconocido
periodista y crítico cultural estadounidense, actualmente redactor de plantilla
en la revista The New Yorker, donde escribe la columna "Infinite
Scroll" sobre tecnología y cultura de internet
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