Discurso de orden con motivo del 89 aniversario de Ciudad Ojeda
El recorrido histórico sobre el origen de nuestra ciudad es, ciertamente, muy interesante, y ha sido ampliamente difundido en fechas como esta, así que no pienso repetir lo que ya es bien conocido por todos, salvo una sola de las afirmaciones que durante años han circulado como "moneda de buena ley". Una triste aseveración que alimentó a generaciones enteras de coterráneos para terminar instalándose como una verdad en el imaginario colectivo en una suerte de mitología doméstica, según la cual el incendio de Lagunillas de Agua fue provocado por aquella tristemente célebre mujer de nombre Alicia Mendoza, a quien conocían como “La Caraqueña”, para más señas, propietaria del bar Caracas, cuando lanzó una lámpara de keroseno en llamas a las aguas del lago para dar comienzo a la tragedia del 13 de noviembre de 1939.
89 años después les pido que dejemos descansar en paz a la pobre Alicia, eso nunca fue cierto, tiene tanto valor como las fábulas narradas por Homero en torno Aquiles en su poema épico la Ilíada. Así que, ese cuento mitológico de factura vernácula, sobre el incendio que daría paso a Ciudad Ojeda, es simplemente una infeliz leyenda, un cuento narrado como una verdad, con su respectiva impronta machista. Y lo que afirmo tiene su asidero en el primer reportaje periodístico sobre el siniestro levantado en el mismo sitio de los acontecimientos el 16 de noviembre de 1939, cuando todavía humeaban las ruinas de Lagunillas, escrito por Enrique Bernardo Núñez, periodista y escritor venezolano enviado por EL Universal a cubrir el dramático suceso, y a quien, por cierto, al conmemorar su fecha de nacimiento el 20 de mayo se celebra en Venezuela el día del cronista. En ese reportaje nos señala los pormenores que rodearon la catástrofe, remitiéndose claramente a la responsabilidad gubernamental, la de las empresas petroleras y la precariedad del pueblo, una mezcla explosiva de eventos que concluyó en el siniestro que dio paso firme al traslado de los sobrevivientes al espacio urbano decretado como Ciudad Ojeda el 19 de enero de 1937 por el expresidente de la república general Eleazar López Contreras.
Por otra parte, remito al libro Memorias de la CostaOriental (Reportajes, crónicas y semblanzas), de nuestro paisano y amigo Manuel Bermúdez Romero, periodista y escritor nativo de Ciudad Ojeda radicado en Caracas, que aborda el tema de forma minuciosa. Así pues, dejemos tranquila a la malograda Alicia Mendoza. Dicho esto, avancemos sobre tres aspectos que considero cruciales.
Nuestra ciudad, como dije antes, fue fundada mediante decreto del 19 de enero de 1937 para albergar a los pobladores de Lagunillas de Agua, una previsión gubernamental para solventar las dramáticas condiciones de vida de aquella población y prevenir la ocurrencia de accidentes con pérdidas de vidas humanas, y era natural que fuese así, pues antes del 13 de noviembre de 1939 ya habían ocurrido tres incendios de menores proporciones. Así entonces, Ciudad Ojeda, es el primer caso, al menos en el siglo veinte, en el que, deliberadamente, el Estado Venezolano funda una ciudad, y a su vez, también constituye el primer trasvase masivo que ocurre en el país de una población a otro espacio territorial.
Aquellos
eran días de transición política en Venezuela, y el mundo vivía los
prolegómenos de una gran conflagración involucrando a las principales potencias
del momento. Eran los tiempos previos al
inicio de la segunda guerra mundial, el conflicto armado más grande en la
historia de la humanidad…, y ustedes se preguntarán…, ¿eso que tiene que ver
con nosotros, con Ciudad Ojeda?
El
mundo, como dije, entonces era un hervidero, en septiembre de 1939, Alemania
invade a Polonia y esto hace que Gran Bretaña y Francia entren definitivamente
en la guerra. Italia con Mussolini a la cabeza entra en guerra en junio de
1940, cuando recién se culminaban a toda carrera las primeras 19 casas de
Ciudad Ojeda. Alemania declara su victoria sobre Francia. Los primeros italianos que comienzan a poblar
a Ciudad Ojeda, llegan después de 1940, venían despavoridos por aquella locura
que sobrecogía al mundo. España, bajo el yugo franquista, cerraba el ciclo de
la república, luego de una cruenta guerra civil expulsando a muchos españoles a
la diáspora que los trajo a nuestro continente.
Así
pues, en aquella coyuntura histórica, el país consolida su posición como un
proveedor confiable de petróleo ante la creciente demanda mundial, mostrando,
en este sentido, su enorme potencial para incrementar progresivamente la
producción como, en efecto, lo hizo, durante la década del cuarenta y
subsiguientemente.
El
epicentro de aquel vertiginoso ascenso estuvo particularmente asentado en la Costa Oriental del lago de Maracaibo, donde Ciudad Ojeda perfilaba como el
núcleo urbano que resumía de manera destacada ese rápido crecimiento en todos
los ámbitos, su población, por ejemplo, se multiplicó por 13 en muy poco tiempo. Así, entonces, de inicialmente un caserío del antiguo distrito Bolívar, se fue levantando desde la inexistencia, desde incluso no aparecer en el mapa y en la división político-territorial del estado, de la nada que sólo constituía un papel con un decreto de incierto porvenir, hasta llegar a ser la capital del distrito Lagunillas en 1978, y más tarde del Municipio Lagunillas por virtud de las modificaciones de ley que crearon los municipios como entidades territoriales autónomas, hasta, finalmente, en transformarse en la tercera o cuarta ciudad del estado, según el criterio de comparación que se escoja.
Esta
historia que transcurre entre la sencillez de aquel pueblo de pocas calles y el
dinamismo del conglomerado urbano que hoy nos acoge, destaca un fascinante recorrido,
con periodos de avances y retrocesos, como podría suponerse ocurre con las
personas y también con los pueblos, por eso, si tuviéramos que hacer una
disección histórica de Ciudad Ojeda –permítanme el término–, tendríamos que resaltar
varios puntos de quiebre o hitos referenciales.
El primero de ellos se inicia propiamente con su fundación, con el acto administrativo del Estado venezolano que dispone la creación de la ciudad, estableciéndole un perímetro, un nombre, los fundamentos para tal iniciativa y finalmente una inversión inicial.
Un segundo punto referencial lo constituye en sí su despegue, el cual remite a las décadas de los años cuarenta, cincuenta y sesenta, cuando se mudaron a ella gentes de todas partes del país y del resto del mundo, vinieron, entonces, italianos, españoles y antillanos que sembraron para siempre en nuestra tierra su cultura, su manera de ser y costumbres, para amalgamarse a los locales y germinar lo que hoy nos identifica como esta parte del estado Zulia.
La
actividad petrolera nos dio crecimiento demográfico, dinamismo productivo y
también intercambio cultural. En el ámbito económico desarrollamos una
especialización productiva en el área industrial, lacustre y metalmecánica,
como pocas en el país, de modo que no fue casualidad que la segunda zona
industrial construida en el Zulia, luego de la de Maracaibo, haya sido la
nuestra en 1968.
Esta
condición paradójicamente nos hizo vulnerables y dependientes del negocio
petrolero, de sus vaivenes internacionales, de las políticas del Estado en
materia energética, y más grave aún, de las pulsiones alucinantes de cualquier
gobernante, como en efecto sucedió en 2009 con las expropiaciones de todo el
acervo industrial privado petrolero levantado a pulso por casi el mismo tiempo
de fundada la ciudad. Adicional, por si fuera poco, hemos de agregar el
monumental impacto ambiental que el petróleo nos ha dejado y que por razones de
espacio no abordaré.
Un tercer ciclo en el desarrollo local vendría a ser el iniciado precisamente después de las expropiaciones petroleras citadas antes. En este la capacidad económica de su autoridad local comienza a verse disminuida sustancialmente, iniciando un periodo en donde la composición del presupuesto, específicamente el rubro de impuestos de industria y comercio, aquel que manifiesta la fortaleza económica jurisdiccional, empieza a perder peso en la estructura financiera municipal, es decir, un claro retroceso en las capacidades de gestión. De esta manera los aportes presupuestarios nacionales ganan terreno en la composición del ingreso municipal, cuando precedentemente su peso era mucho menor. Para que tengamos una idea del hecho, señalo, por ejemplo, que para 2008, el rubro del impuesto citado, representaba el 48.22% del presupuesto municipal, y ya para 2010 se había reducido al 20,67%
Un
periodo difícil que marca con severos desajustes la acción gubernamental, que, milagrosamente
cambia en los dos últimos años, evidenciando la fortaleza del músculo económico
local pues, al realizar el mismo ejercicio anterior para los años 2024 y 2025,
cuando, pese a la adversidad económica, el entorno inestable del país y el menoscabado
crecimiento de las actividades relativas a los hidrocarburos, estos mismos indicadores
muestran un comportamiento del 58% y 67% respectivamente.
En
este sentido, sobre nuestro caso, valdría la pena apostar a una ciudad moderna,
de servicios, mediana en sus dimensiones y bien equipada, con capacidad para
atraer gente a vivir y trabajar en ella, con un fuerte desarrollo de su sector
terciario de comercio y servicios, aprovechando nuestras ventajas de
localización en la costa oriental del Lago.
Sería
un proceso de transición paulatina que implicaría repensar nuestro municipio, reinventarlo
a partir del acervo y fortalezas acumuladas a lo largo de su historia
productiva. Un cambio importante en nuestro modo de vida, típicamente minero y
de severa vulnerabilidad económica, para apuntalar las ventajas competitivas
que poseemos a fin de abrirle cauce a una nueva realidad local. Tal vez no sean suficiente para convertirnos
en el paraíso terrenal, pero sí, en un lugar atractivo para vivir, porque
Ciudad Ojeda, es una envidiable muestra de tenacidad y perseverancia, es cuna y
cobijo de gente emprendedora venida de lugares remotos del mundo y también
surgida de sus entrañas en ese maravilloso empuje que logró consolidar en más
de ocho décadas. Y estamos obligados a pensar sobre este tema, porque Ciudad
Ojeda, es una ciudad costosa para mantener, por su topografía, por su
distribución espacial, y por el impacto ambiental de la extracción petrolera,
por lo que demanda ingentes recursos para su mantenimiento de forma permanente.
Creo
que en el pasado incurrimos en severos costos de oportunidad al no lograr
consolidar una transición de pueblo grande a ciudad cuando nuestros recursos,
el entorno político y socioeconómico lo favorecía, ahora nos costará más y nadie
en este país hará nada para que nuestro destino cambie, estamos solos en eso,
porque esa, si se quiere, es nuestra responsabilidad.
De
pronto valdría la pena examinar el caso mencionado en el estado Anzoátegui, y también
el de otras ciudades alternativas que ya se han visto en otras regiones de
Venezuela, por ejemplo, las aledañas a Valencia, a Barquisimeto, quizás, con Cabudare como su mejor ejemplo,
y así tantos otros ejes urbanos que han podido levantarse con su propio perfil económico
de modo autosostenible. Mucho se habrá escuchado hablar de las grandes ciudades
del mundo que siempre terminan por impulsar pequeñas ciudades a sus
alrededores, modestos y medianos lugares, apacibles y manejables, que consiguen
tener el confort de la vida moderna y se ahorran las complicaciones de las
grandes concentraciones urbanas. Tal
vez, se me ocurre pensar, que pueda ser ese nuestro futuro a largo plazo. Para
eso es necesario generar una ciudad capaz de promoverse como asiento de
inversiones; un equipo de trabajo con todas las ventajas competitivas
integradas en un dossier itinerante que no falte a una cita de negocios, ferias
y exposiciones empresariales que se hagan en el país, para mostrar nuestro potencial.
Nos tocaría competir con otras ciudades con nuestras mejores fortalezas, y
estoy seguro que mucho podemos conseguir. Es cuestión de intentarlo con un plan
en la mano, con una visión, unos objetivos y una meta en los próximos años,
rumbo a nuestro centenario para ubicarnos entre las 30 ciudades de Venezuela
con mejores indicadores para la inversión privada. Esa es una meta. Es
preferible labrarse ese camino antes que el de continuar administrando la
bonanza transitoria que impulsa un motor económico sujeto a tantos
imponderables. Nunca es tarde para
reinventarse, quiero comentarles un caso que me llamó mucho la atención cuando
me enteré de él.
Por ello, reivindico el realismo de soñar, para empinarnos sobre lo cotidiano y aspirar a lo trascendente en un mundo donde conseguir lo posible ya no es novedad, cuando se puede aspirar a lo imposible.
Tengo una ventana desde donde puedo ver pasar la gente por las calles en sus rutinas interminables. A veces las veo apresuradas y agitadas, otras veces tranquilas y serenas como despreocupadas y entregadas al ir y venir de cada día. Son personas con sus historias, con sus cavilaciones secretas, con sus miedos y contradicciones que no siempre admiten o de las que apenas son conscientes. Hay de todo en ese paisaje vital que transcurre ante mis ojos. De vez en cuando me quedo un rato a ver esa porción de ciudad, a escucharla, porque saben ustedes, las ciudades tienen sus olores, colores y sonidos particulares, su propia banda sonora como se dice en el cine. Las ciudades nos dan nuestra identidad y nosotros a ella en una relación dinámica que nadie sabe con certeza cuándo y de qué forma se hilvana para conformar eso que llaman el alma que las contiene.
Esta ciudad siempre ha estado en mis pensamientos, en la arquitectura de lo invisible que nos alimenta, en la memoria, en los fragmentos de tiempo que, por alguna razón que la lógica ignora, deciden echar raíces en lo más profundo de nuestra conciencia. No siempre son los grandes hitos los que logran esta hazaña. A veces, la memoria desprecia las medallas y los honores para quedarse con lo mínimo: el rastro de luz que atravesaba una ventana una tarde cualquiera, el tono preciso de una risa que ya no escuchamos, o el aroma de una lluvia cargada de recuerdos. Por eso recordaba aquel episodio en que asomándome a la puerta del avión una tarde ya lejana, parado, mirando el paisaje por la escalerilla, cuando ya mis pies no soportaban más porque estaban tan hinchados que tuve que agacharme para desanudar las trenzas de mis zapatos buscando alivio, pensaba en mi pueblo de cuatro calles. Tenía entonces once años y regresaba medio muerto como de un largo destierro, pero contento de volver aun cuando fuera por pocos días. Así, el sol enfurecido de Grano de Oro, pese a su implacable fuego desde el poniente colérico, parecía saludarme jubiloso por aquello que únicamente a mí se me ocurría pensar. La noche anterior, con una fiebre que me hacía temblar hasta el pelo, la había pasado yendo y viniendo de la cama al retrete con una diarrea incontenible. Sentía que me moría, una sensación que a lo largo de la vida se puede llegar a experimentar varias veces, como, en efecto, volvió a sucederme justo un día como hoy, hace cinco años, cuando el Covid19 casi me empuja al otro lado, como lo hizo con familiares cercanos y varios de mis amigos, precisamente, mientras desde mi cama, con el pecho estrujado como si una camisa de fuerza lo encorsetara, escuchaba detrás de la bombona de oxígeno a mi costado un coro de voces surgiendo de la nada, como las de un disco corriendo a baja revoluciones. ¡Ahora falta que vaya a morirme el mismo día en el que Ciudad Ojeda cumple años! Quizás pensé aturdido.
“Las ciudades que realmente prosperan a largo
plazo son las que tienen la energía y la capacidad y la infraestructura para
seguir reinventándose”. Eso dijo uno de los expertos a cargo del diseño de la
ciudad del futuro conocida como La Línea en Arabia Saudita.
Inspirado
en ello abrigo la esperanza de poder ver hecha realidad esta afirmación
respecto a la ciudad donde vivo, esa que veo desde mi ventana con el mismo
semblante de siempre, en donde los arboles permanecen de igual tamaño como si
se negaran a crecer para que todo al final siga siendo igual. Una ciudad que,
como congelada en el tiempo, a veces luce como una de esas postales que los
viajeros enviaban a sus amigos desde remotos lugares para que sus recuerdos
resistieran el andar de la vida.
Al comienzo dije que
transcurrieron 50 años para estar frente a ustedes reflexionando sobre estos temas, porque ese es más o menos
el tiempo que llevo haciendo vida pública dedicado a estos menesteres, así que haber
tenido esta oportunidad, es, en efecto, un sincero desahogo que agradezco a
ustedes por haberme permitido expresar en alta voz las angustias y aspiraciones de
mi madurez sobre la ciudad en la que he vivido siempre.
Muchas gracias, por
escucharme.
Ciudad Ojeda, 19 de enero
de 2026


Merecido homenaje para el escritor Edinson Martínez al hacerle entregada tal distinción por su aporte y desarrollo intelectual para nuestra región y en específico para nuestra ciudad de la cual es referencia obligada para generaciones futuras en términos de identificación e iconos de nuestra cultura regional occidental arraigadas en este territorio del Zulia Venezuela..Felicitaciones..En hora buena..excelente discurso.
ResponderEliminarNo podía esperar menos de Martínez, su gran amor hacia esta tierra que lo vio crecer se ha convertido en su gran musa, su principal fuente de inspiración! Felicidades Edinson por tan merecido reconocimiento 👏👏👏👏
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