Discurso de orden con motivo del 89 aniversario de Ciudad Ojeda

Por Edinson Martínez
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                                                                         Apreciados amigos

Como es público y notorio, evidente, por demás, ya soy un hombre de la tercera edad, con unos cuantos días recorridos en esta ciudad que hoy arriba a sus 89 años de fundada.  Me ha costado algo más de unos 50 años estar frente a ustedes para hablarles desde este privilegiado pódium por unos 30 o 40 minutos sobre la ciudad en la que he vivido siempre, el lugar donde han transcurrido casi tres de mis generaciones, si asumimos como válido el intervalo generacional de 25 años en promedio con el que se modifica biológicamente la estructura demográfica de un país. Así que agradezco el voto de confianza que las autoridades locales, representadas por sus concejales y el alcalde, han depositado en mí para dirigirme a ustedes. Espero, en consecuencia, evadir los lugares comunes y las aseveraciones sin evidencia empírica que suelen citarse durante este tipo de celebraciones, especialmente en ciudades como la nuestra, rodeadas de tan surrealistas episodios que si André Breton (el padre del Surrealismo), en 1938, en lugar de visitar a México, se hubiera desviado más al sur del continente y, entonces, empujado por las fuerzas invisibles del azar, recalado por estas calurosas tierras, donde el día en vez de sus 24 horas ordinarias pareciera suscribir 48. Habría encontrado en la tan extravagante realidad de nuestros caseríos antecesores del Macondo de García Márquez, la fantástica inspiración que lo llevó a exclamar sobre el país de los Aztecas como “la tierra elegida por el surrealismo”, ya no de la mano de Frida Kahlo y Diego Rivera, como entonces pronunció con asombro, sino de Alicia Mendoza “la Caraqueña” y el mal humorado jefe civil de Lagunillas de Agua, Camilo Zaldarriaga.

El recorrido histórico sobre el origen de nuestra ciudad es, ciertamente, muy interesante, y ha sido ampliamente difundido en fechas como esta, así que no pienso repetir lo que ya es bien conocido por todos, salvo una sola de las afirmaciones que durante años han circulado como "moneda de buena ley". Una triste aseveración que alimentó a generaciones enteras de coterráneos para terminar instalándose como una verdad en el imaginario colectivo  en una suerte de mitología doméstica, según la cual el incendio de Lagunillas de Agua fue provocado por aquella tristemente célebre mujer de nombre Alicia Mendoza, a quien conocían como “La Caraqueña”, para más señas, propietaria del bar Caracas, cuando lanzó una lámpara de keroseno en llamas a las aguas del lago para dar comienzo a la tragedia del 13 de noviembre de 1939.

89 años después les pido que dejemos descansar en paz a la pobre Alicia, eso nunca fue cierto, tiene tanto valor como las fábulas narradas por Homero en torno Aquiles en su poema épico la Ilíada. Así que, ese cuento mitológico de factura vernácula, sobre el incendio que daría paso a Ciudad Ojeda, es simplemente una infeliz leyenda, un cuento narrado como una verdad, con su respectiva impronta machista. Y lo que afirmo tiene su asidero en el primer reportaje periodístico sobre el siniestro levantado en el mismo sitio de los acontecimientos el 16 de noviembre de 1939, cuando todavía humeaban las ruinas de Lagunillas, escrito por Enrique Bernardo Núñez, periodista y escritor venezolano enviado por EL Universal a cubrir el dramático suceso, y a quien, por cierto, al conmemorar su fecha de nacimiento el 20 de mayo se celebra en Venezuela el día del cronista. En ese reportaje nos señala los pormenores que rodearon la catástrofe, remitiéndose claramente a la responsabilidad gubernamental, la de las empresas petroleras y la precariedad del pueblo, una mezcla explosiva de eventos que concluyó en el siniestro que dio paso firme al traslado de los sobrevivientes al espacio urbano decretado como Ciudad Ojeda el 19 de enero de 1937 por el expresidente de la república general Eleazar López Contreras. 

Por otra parte, remito al libro Memorias de la CostaOriental (Reportajes, crónicas y semblanzas), de nuestro paisano y amigo Manuel Bermúdez Romero, periodista y escritor nativo de Ciudad Ojeda radicado en Caracas, que aborda el tema de forma minuciosa. Así pues, dejemos tranquila a la malograda Alicia Mendoza. Dicho esto, avancemos sobre tres aspectos que considero cruciales. 

Comencemos por señalar que la historia de esta ciudad es singular en casi todos sus aspectos. El petróleo es y ha sido su gran convocante socioeconómico. Si hiciéramos un ejercicio de imaginación y desapareciéramos la explotación petrolera de nuestros linderos, probablemente muchos de los pueblos y ciudades de hoy no existirían; otros serían algo muy distinto de lo que hoy representan. Pero, Ciudad Ojeda, estamos absolutamente seguros de que no existiría ni siquiera en la imaginación. La razón es muy sencilla, Cabimas, Santa Rita y Los Puertos de Altagracia en la Costa Oriental del lago de Maracaibo, existen en este mundo desde antes de la explotación petrolera. Cabimas cumplirá 268 años. La historia de Los Puertos de Altagracia se remonta a 1529, y la de Santa Rita a 1799. Así pues, que, definitiva y absolutamente, nuestra historia es la consecuencia del modelo de explotación petrolera iniciado a comienzos del siglo pasado en Venezuela, lo cual convierte a Ciudad Ojeda, digamos, en la única hija legítima del petróleo, porque la fundó el Estado venezolano, mientras que otras poblaciones, como El Tigre, en el estado Anzoátegui, incluso, iniciándose antes, en 1930, específicamente, lo hacen a consecuencia del poblamiento progresivo en torno a la perforación del pozo petrolero de la Gulf Oil Company, conocido como OG-01, que, por cierto, da origen al título de la novela de Miguel Otero Silva, Oficina N° 1.

Nuestra ciudad, como dije antes, fue fundada mediante decreto del 19 de enero de 1937 para albergar a los pobladores de Lagunillas de Agua, una previsión gubernamental para solventar las dramáticas condiciones de vida de aquella población y prevenir la ocurrencia de accidentes con pérdidas de vidas humanas, y era natural que fuese así, pues antes del 13 de noviembre de 1939 ya habían ocurrido tres incendios de menores proporciones. Así entonces, Ciudad Ojeda, es el primer caso, al menos en el siglo veinte, en el que, deliberadamente, el Estado Venezolano funda una ciudad, y a su vez, también constituye el primer trasvase masivo que ocurre en el país de una población a otro espacio territorial.   

Aquellos eran días de transición política en Venezuela, y el mundo vivía los prolegómenos de una gran conflagración involucrando a las principales potencias del momento.  Eran los tiempos previos al inicio de la segunda guerra mundial, el conflicto armado más grande en la historia de la humanidad…, y ustedes se preguntarán…, ¿eso que tiene que ver con nosotros, con Ciudad Ojeda?

El mundo, como dije, entonces era un hervidero, en septiembre de 1939, Alemania invade a Polonia y esto hace que Gran Bretaña y Francia entren definitivamente en la guerra. Italia con Mussolini a la cabeza entra en guerra en junio de 1940, cuando recién se culminaban a toda carrera las primeras 19 casas de Ciudad Ojeda. Alemania declara su victoria sobre Francia.  Los primeros italianos que comienzan a poblar a Ciudad Ojeda, llegan después de 1940, venían despavoridos por aquella locura que sobrecogía al mundo. España, bajo el yugo franquista, cerraba el ciclo de la república, luego de una cruenta guerra civil expulsando a muchos españoles a la diáspora que los trajo a nuestro continente.

Así pues, en aquella coyuntura histórica, el país consolida su posición como un proveedor confiable de petróleo ante la creciente demanda mundial, mostrando, en este sentido, su enorme potencial para incrementar progresivamente la producción como, en efecto, lo hizo, durante la década del cuarenta y subsiguientemente.

El epicentro de aquel vertiginoso ascenso estuvo particularmente asentado en la Costa Oriental del lago de Maracaibo, donde Ciudad Ojeda perfilaba como el núcleo urbano que resumía de manera destacada ese rápido crecimiento en todos los ámbitos, su población, por ejemplo, se multiplicó por 13 en muy poco tiempo. Así, entonces, de inicialmente un caserío del antiguo distrito Bolívar, se fue levantando desde la inexistencia, desde incluso no aparecer en el mapa y en la división político-territorial del estado, de la nada que sólo constituía un papel con un decreto de incierto porvenir, hasta llegar a ser la capital del distrito Lagunillas en 1978, y más tarde del Municipio Lagunillas por virtud de las modificaciones de ley que crearon los municipios como entidades territoriales autónomas, hasta, finalmente, en transformarse en la tercera o cuarta ciudad del estado, según el criterio de comparación que se escoja.

Esta historia que transcurre entre la sencillez de aquel pueblo de pocas calles y el dinamismo del conglomerado urbano que hoy nos acoge, destaca un fascinante recorrido, con periodos de avances y retrocesos, como podría suponerse ocurre con las personas y también con los pueblos, por eso, si tuviéramos que hacer una disección histórica de Ciudad Ojeda –permítanme el término–, tendríamos que resaltar varios puntos de quiebre o hitos referenciales.

El primero de ellos se inicia propiamente con su fundación, con el acto administrativo del Estado venezolano que dispone la creación de la ciudad, estableciéndole un perímetro, un nombre, los fundamentos para tal iniciativa y finalmente una inversión inicial. 

Un segundo punto referencial lo constituye en sí su despegue, el cual remite a las décadas de los años cuarenta, cincuenta y sesenta, cuando se mudaron a ella gentes de todas partes del país y del resto del mundo, vinieron, entonces, italianos, españoles y antillanos que sembraron para siempre en nuestra tierra su cultura, su manera de ser y costumbres, para amalgamarse a los locales y germinar lo que hoy nos identifica como esta parte del estado Zulia.

La actividad petrolera nos dio crecimiento demográfico, dinamismo productivo y también intercambio cultural. En el ámbito económico desarrollamos una especialización productiva en el área industrial, lacustre y metalmecánica, como pocas en el país, de modo que no fue casualidad que la segunda zona industrial construida en el Zulia, luego de la de Maracaibo, haya sido la nuestra en 1968.

Esta condición paradójicamente nos hizo vulnerables y dependientes del negocio petrolero, de sus vaivenes internacionales, de las políticas del Estado en materia energética, y más grave aún, de las pulsiones alucinantes de cualquier gobernante, como en efecto sucedió en 2009 con las expropiaciones de todo el acervo industrial privado petrolero levantado a pulso por casi el mismo tiempo de fundada la ciudad. Adicional, por si fuera poco, hemos de agregar el monumental impacto ambiental que el petróleo nos ha dejado y que por razones de espacio no abordaré.

Un tercer ciclo en el desarrollo local vendría a ser el iniciado precisamente después de las expropiaciones petroleras citadas antes. En este la capacidad económica de su autoridad local comienza a verse disminuida sustancialmente, iniciando un periodo en donde la composición del presupuesto, específicamente el rubro de impuestos de industria y comercio, aquel que manifiesta la fortaleza económica jurisdiccional, empieza a perder peso en la estructura financiera municipal, es decir, un claro retroceso en las capacidades de gestión. De esta manera los aportes presupuestarios nacionales ganan terreno en la composición del ingreso municipal, cuando precedentemente su peso era mucho menor. Para que tengamos una idea del hecho, señalo, por ejemplo, que para 2008, el rubro del impuesto citado, representaba el 48.22% del presupuesto municipal, y ya para 2010 se había reducido al 20,67%

Un periodo difícil que marca con severos desajustes la acción gubernamental, que, milagrosamente cambia en los dos últimos años, evidenciando la fortaleza del músculo económico local pues, al realizar el mismo ejercicio anterior para los años 2024 y 2025, cuando, pese a la adversidad económica, el entorno inestable del país y el menoscabado crecimiento de las actividades relativas a los hidrocarburos, estos mismos indicadores muestran un comportamiento del 58% y 67% respectivamente.

Dicho esto, situémonos en perspectiva de cara al futuro. Si como pareciera flotar en el ambiente, a corto y mediano plazo se concreta un repunte del sector petrolero, Ciudad Ojeda podría tener un segundo aire, algo muy beneficioso, demás está decir, aspiro sobre tal posibilidad que sirva para  asentar las bases de un modelo de desarrollo afincado en varias alternativas económicas, porque, en efecto, tenemos potencialidades para eso, y vuelvo al caso de El Tigre que conozco bastante bien. Aunque la actividad petrolera continúa siendo el nervio principal de su economía debido a su cercanía a la Faja Petrolífera del Orinoco, El Tigre ha podido construir una economía diversificada, convirtiéndose en el centro de servicios más importante del sur de Anzoátegui, aspecto que es muy, pero muy destacado desde el punto de vista económico, por eso, cuando el negocio petrolero mermó en estos años, El Tigre siguió creciendo en todos los sentidos, porque tiene actividad agrícola, ganadera y un sector terciario de servicios, comercio y transporte formidable, para a consecuencia de ello, destacar como la tercera ciudad del estado Anzoátegui, y la de mayor empuje en esa zona Centro-Sur de la región oriental de Venezuela.

En este sentido, sobre nuestro caso, valdría la pena apostar a una ciudad moderna, de servicios, mediana en sus dimensiones y bien equipada, con capacidad para atraer gente a vivir y trabajar en ella, con un fuerte desarrollo de su sector terciario de comercio y servicios, aprovechando nuestras ventajas de localización en la costa oriental del Lago.

Sería un proceso de transición paulatina que implicaría repensar nuestro municipio, reinventarlo a partir del acervo y fortalezas acumuladas a lo largo de su historia productiva. Un cambio importante en nuestro modo de vida, típicamente minero y de severa vulnerabilidad económica, para apuntalar las ventajas competitivas que poseemos a fin de abrirle cauce a una nueva realidad local.  Tal vez no sean suficiente para convertirnos en el paraíso terrenal, pero sí, en un lugar atractivo para vivir, porque Ciudad Ojeda, es una envidiable muestra de tenacidad y perseverancia, es cuna y cobijo de gente emprendedora venida de lugares remotos del mundo y también surgida de sus entrañas en ese maravilloso empuje que logró consolidar en más de ocho décadas. Y estamos obligados a pensar sobre este tema, porque Ciudad Ojeda, es una ciudad costosa para mantener, por su topografía, por su distribución espacial, y por el impacto ambiental de la extracción petrolera, por lo que demanda ingentes recursos para su mantenimiento de forma permanente.

Creo que en el pasado incurrimos en severos costos de oportunidad al no lograr consolidar una transición de pueblo grande a ciudad cuando nuestros recursos, el entorno político y socioeconómico lo favorecía, ahora nos costará más y nadie en este país hará nada para que nuestro destino cambie, estamos solos en eso, porque esa, si se quiere, es nuestra responsabilidad.

De pronto valdría la pena examinar el caso mencionado en el estado Anzoátegui, y también el de otras ciudades alternativas que ya se han visto en otras regiones de Venezuela, por ejemplo, las aledañas a Valencia, a Barquisimeto, quizás, con Cabudare como su mejor ejemplo, y así tantos otros ejes urbanos que han podido levantarse con su propio perfil económico de modo autosostenible. Mucho se habrá escuchado hablar de las grandes ciudades del mundo que siempre terminan por impulsar pequeñas ciudades a sus alrededores, modestos y medianos lugares, apacibles y manejables, que consiguen tener el confort de la vida moderna y se ahorran las complicaciones de las grandes concentraciones urbanas.  Tal vez, se me ocurre pensar, que pueda ser ese nuestro futuro a largo plazo. Para eso es necesario generar una ciudad capaz de promoverse como asiento de inversiones; un equipo de trabajo con todas las ventajas competitivas integradas en un dossier itinerante que no falte a una cita de negocios, ferias y exposiciones empresariales que se hagan en el país, para mostrar nuestro potencial. Nos tocaría competir con otras ciudades con nuestras mejores fortalezas, y estoy seguro que mucho podemos conseguir. Es cuestión de intentarlo con un plan en la mano, con una visión, unos objetivos y una meta en los próximos años, rumbo a nuestro centenario para ubicarnos entre las 30 ciudades de Venezuela con mejores indicadores para la inversión privada. Esa es una meta. Es preferible labrarse ese camino antes que el de continuar administrando la bonanza transitoria que impulsa un motor económico sujeto a tantos imponderables.  Nunca es tarde para reinventarse, quiero comentarles un caso que me llamó mucho la atención cuando me enteré de él.

En 1964, en España, en un pueblo de nombre Ayoluengo de Lora, en la provincia de Burgos, se descubrió petróleo, eso naturalmente, causó un enorme revuelo nacional. Por un momento, se pensó que España podría ser autosuficiente energéticamente. Enseguida el pueblo se llenó de empresas petroleras, personal de ingenieros, maquinarias y gente buscando dónde ubicarse, ese entorno que aquí conocemos bastante bien, así, rápido se ganó el apodo del "Texas español". El caso es que, pasado el tiempo, el yacimiento comenzó a declinar, todas las expectativas se fueron desvaneciendo, y después de 50 años de actividad irregular, finalmente se canceló todo aquello. Al quedarse sin la industria extractiva, en el pueblo decidieron aprovechar aquel patrimonio industrial único y convertirlo en un destino turístico muy interesante porque tiene un Museo del Petróleo, el primer y único museo de este tipo en España, con muestras de sus balancines y vieja maquinaria petrolera, con todo un diseño de un geoparque certificado por la Unesco. Es un ejemplo fascinante de cómo un pueblo pasó de la fiebre del "oro negro" a vivir del turismo cultural y natural. Ahora viven de eso…

Por ello, reivindico el realismo de soñar, para empinarnos sobre lo cotidiano y aspirar a lo trascendente en un mundo donde conseguir lo posible ya no es novedad, cuando se puede aspirar a lo imposible.

Tengo una ventana desde donde puedo ver pasar la gente por las calles en sus rutinas interminables. A veces las veo apresuradas y agitadas, otras veces tranquilas y serenas como despreocupadas y entregadas al ir y venir de cada día. Son personas con sus historias, con sus cavilaciones secretas, con sus miedos y contradicciones que no siempre admiten o de las que apenas son conscientes. Hay de todo en ese paisaje vital que transcurre ante mis ojos. De vez en cuando me quedo un rato a ver esa porción de ciudad, a escucharla, porque saben ustedes, las ciudades tienen sus olores, colores y sonidos particulares, su propia banda sonora como se dice en el cine. Las ciudades nos dan nuestra identidad y nosotros a ella en una relación dinámica que nadie sabe con certeza cuándo y de qué forma se hilvana para conformar eso que llaman el alma que las contiene.  

Esta ciudad siempre ha estado en mis pensamientos, en la arquitectura de lo invisible que nos alimenta, en la memoria, en los fragmentos de tiempo que, por alguna razón que la lógica ignora, deciden echar raíces en lo más profundo de nuestra conciencia. ​No siempre son los grandes hitos los que logran esta hazaña. A veces, la memoria desprecia las medallas y los honores para quedarse con lo mínimo: el rastro de luz que atravesaba una ventana una tarde cualquiera, el tono preciso de una risa que ya no escuchamos, o el aroma de una lluvia cargada de recuerdos. Por eso recordaba aquel episodio en que asomándome a la puerta del avión una tarde ya lejana, parado, mirando el paisaje por la escalerilla, cuando ya mis pies no soportaban más porque estaban tan hinchados que tuve que agacharme para desanudar las trenzas de mis zapatos buscando alivio, pensaba en mi pueblo de cuatro calles. Tenía entonces once años y regresaba medio muerto como de un largo destierro, pero contento de volver aun cuando fuera por pocos días. Así, el sol enfurecido de Grano de Oro, pese a su implacable fuego desde el poniente colérico, parecía saludarme jubiloso por aquello que únicamente a mí se me ocurría pensar. La noche anterior, con una fiebre que me hacía temblar hasta el pelo, la había pasado yendo y viniendo de la cama al retrete con una diarrea incontenible. Sentía que me moría,  una sensación que a lo largo de la vida se puede llegar a experimentar varias veces, como, en efecto, volvió a sucederme justo un día como hoy, hace cinco años, cuando el Covid19 casi me empuja al otro lado, como lo hizo con familiares cercanos y varios de mis amigos, precisamente, mientras desde mi cama, con el pecho estrujado como si una camisa de fuerza lo encorsetara, escuchaba detrás de la bombona de oxígeno a mi costado un coro de voces surgiendo de la nada, como las de un disco corriendo a baja revoluciones.  ¡Ahora falta que vaya a morirme el mismo día en el que Ciudad Ojeda cumple años! Quizás pensé aturdido. 

 “Las ciudades que realmente prosperan a largo plazo son las que tienen la energía y la capacidad y la infraestructura para seguir reinventándose”. Eso dijo uno de los expertos a cargo del diseño de la ciudad del futuro conocida como La Línea en Arabia Saudita. 

Inspirado en ello abrigo la esperanza de poder ver hecha realidad esta afirmación respecto a la ciudad donde vivo, esa que veo desde mi ventana con el mismo semblante de siempre, en donde los arboles permanecen de igual tamaño como si se negaran a crecer para que todo al final siga siendo igual. Una ciudad que, como congelada en el tiempo, a veces luce como una de esas postales que los viajeros enviaban a sus amigos desde remotos lugares para que sus recuerdos resistieran el andar de la vida.

Al comienzo dije que transcurrieron 50 años para estar frente a ustedes reflexionando sobre estos temas, porque ese es más o menos el tiempo que llevo haciendo vida pública dedicado a estos menesteres, así que haber tenido esta oportunidad, es, en efecto, un sincero desahogo que agradezco a ustedes por haberme permitido expresar en alta voz las angustias y aspiraciones de mi madurez sobre la ciudad en la que he vivido siempre.  

Muchas gracias, por escucharme.

Ciudad Ojeda, 19 de enero de 2026


Comentarios

  1. Merecido homenaje para el escritor Edinson Martínez al hacerle entregada tal distinción por su aporte y desarrollo intelectual para nuestra región y en específico para nuestra ciudad de la cual es referencia obligada para generaciones futuras en términos de identificación e iconos de nuestra cultura regional occidental arraigadas en este territorio del Zulia Venezuela..Felicitaciones..En hora buena..excelente discurso.

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  2. No podía esperar menos de Martínez, su gran amor hacia esta tierra que lo vio crecer se ha convertido en su gran musa, su principal fuente de inspiración! Felicidades Edinson por tan merecido reconocimiento 👏👏👏👏

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