Al otro lado de la ventana. (Crónica)
Esta
cárcel era un sitio descuidado a extremo de olvido del que, por cualquier
causa, no necesariamente punible a niveles severos, se ingresaba y no se sabía
si se tendría la suerte de salir con vida algún día. Era prácticamente una
condena a muerte la que sufrían quienes ahí estaban recluidos, como, ciertamente,
a los pocos meses de nuestra visita, sucedió para muchos de los que aquella
mañana pude ver caminando en una suerte de romería sin sentido.
Días antes habíamos quedado, mi amigo y
yo, en ir hasta la Cárcel de Sabaneta para ofrecer nuestra ayuda a un viejo
compañero de labores que infelizmente había caído preso. Conocía bien a su
familia y, a él mismo, desde hacía muchos años. Por los detalles que sus
familiares me habían comentado y por saberlo una buena persona, sentí que debía
poner a su orden la ayuda que me fuera posible, y así lo hicimos. Esa era,
entonces, la razón por la cual en horas cercanas al mediodía, estábamos en la
sala de visitas para reclusos de aquella horripilante cárcel. Por él
esperábamos, mientras a la ventana se asomó este otro individuo.
–¡Edinson! ¡Edinson!... –gritaba el
hombre, desde el interior del martirio. Estiraba su mano curtida a través del
precario espacio que dejaba la ventana semiabierta para enfatizar con sus
gestos el clamor del llamado. Apenas podía verse una parte de su cara; sus ojos
de un negro intenso sostenían el brillo luminoso de un destello de alegría. La
nariz delgada que se desprendía de la frente angosta tramada de cabellos
crespos, me resultaba familiar, sin embargo, no podía precisar claramente de quién
se trataba. El abogado que me acompañaba, sorprendido, me mira con curiosidad,
y enseguida me interroga.
–¿Tú lo conoces? ¿Es la persona que
venimos a ver?
–No, él no es. No sé quién es ese…, pero
su rostro me recuerda a alguien… –le respondí con dudas. «¿Serán figuraciones
mías?», llegué a preguntarme durante un brevísimo instante de exploración de mi
memoria en el que buscaba aquel semblante extraviado. Tenía esa vaga sensación
de haberlo visto antes. A todas estas, el hombre seguía ahí intentando atraernos
hasta su lugar, continuaba moviendo los dedos de una de sus manos haciéndonos
señas, y a la vez procurando abrir el tramo de la ventana para revelarse con
mayores detalles. Su mirada sonriente se fue mostrando diáfana como quien va
descubriendo entre el infortunio una miga de aliento para aferrarse a ella con
ilusión. Aquella expresión arrugada de todo el rostro tostado que alguna vez
tuvo la frescura de la juventud, se esforzaba por exponerse a nuestra vista; mi
amigo y yo tuvimos la impresión de un ser humano que buscaba desesperadamente
arrebatarle a esos instantes efímeros e inaprensibles de un tiempo que ya no le
pertenecía, una mínima porción de alborozo por encontrarse con alguien conocido
que habitaba allende los linderos del cautiverio. Podría, incluso, pensarse que
era una forma de acariciar a través de otras personas la libertad perdida. Ahí
lo recordé, casi en el acto, detrás de la costra del sufrimiento que lacerante
había venido devorando sus entrañas, marchitándole inclemente aquella figura
del joven trabajador que tiempo atrás conocí.
Claro que lo conocía, me dije enseguida,
mientras intentaba acercarme hacia la ventana.
Nuestro
amigo, aquel por el cual fuimos a este lugar, fue trasladado en pocos minutos
hasta nosotros. Un saludo muy afectivo nos dimos, nunca imaginó que iríamos por
él intentando socorrerle en su lamentable circunstancia. Agradeció nuestro gesto que, según nos
comentó, era al momento innecesario, pues su causa estaba a punto de resolverse
satisfactoriamente –y, afortunadamente, así fue– en pocas semanas, antes de la
tragedia de la que pudo salvarse al salir en libertad. No quisimos comentarle
nada sobre el encuentro inesperado con el hombre de la ventana para no entrar
en detalles, y también porque nos apremiaba el corto tiempo de que disponíamos.
De vez en cuando me lo encuentro en la calle, a más de veinte años de aquella
fecha, ha conservado el mismo comportamiento ejemplar que siempre tuvo antes de
ingresar a Sabaneta.
En
enero de mil novecientos noventa y cuatro un horrible siniestro asoló el centro
penitenciario conocido como la Cárcel de Sabaneta, ciento cuatro presos
perdieron la vida en un incendio provocado por los enfrentamientos entre bandas
rivales dentro del recinto carcelario.
Una
masacre de la cual se destacó en todos los medios impresos y radioeléctricos
del país la crueldad humana en su máxima expresión, contándose entre aquellos
deleites perversos, la escena diabólica de una disputa futbolística con la
cabeza de una de las víctimas en macabro despliegue de entretenimiento para
algunos de los que originaron en días previos el conflicto. Es, hasta el
presente, la mayor tragedia de esta naturaleza que ha sucedido en Venezuela.
Muchas veces se comenta de modo fatídico la circunstancia por la que, en
ocasiones, las personas nos encontramos en el lugar y momento equivocados, es
el destino quien decide, según el decir de algunos, toda vez que ningún ser
humano puede discernir con anticipación su hora final. Es el azar corriendo con
todas sus leyes aleatorias quien lleva el control, «¿será siempre así?», me
pregunta mi voz interior, esa que surge espontánea desde el mundo subterráneo
de las cavilaciones y que nadie tiene modos de acallar.
–¡Edinson!… Soy yo, Furruñao, el
mecánico… –me dijo el sujeto que repetía
mi nombre, alzaba su voz por entre las dos hojas rectangulares en forma de
romanilla de la ventana. Había notado nuestro desconcierto inicial, por lo que
de inmediato agregó lo que él pensó era para mí mucho más familiar; su apodo en
el taller mecánico donde trabajaba como ayudante. El área que ocupaban los
cristales de la solitaria ventana, había sido rellenada por una especie de
láminas de madera, probablemente de contrachapado, en previsión de la razonable
seguridad que debería tener un lugar como aquel. Por este motivo el sujeto que,
se esforzaba en mostrarnos su rostro, intentaba con afán desplegar las tres o
cuatro primeras secciones a fin de ganar visibilidad ante nosotros. Cuando
pronunció su remoquete, ya lo había identificado con claridad, era aquel
muchacho largo, de cara angulosa, siempre sonriente que se desempeñaba como
ayudante de mecánica automotriz, donde con cierta regularidad, siempre que, mi
carro lo ameritaba, acudía a efectuar las reparaciones de rigor. Su propietario
y yo hicimos una gran amistad. Era, también, un hombre muy jovial, de
comentarios ocurrentes cuando menos se le esperaba. Él mismo fue quien le
colocó el apodo al muchacho, surgido, quizás, de algunos de sus desplantes
humorísticos durante uno de esos días de faena precaria. ¿Qué significaba?
Nadie lo sabía, parecía la contracción arbitraria de unas vocales y consonantes
para generar una expresión graciosa. Su nombre realmente era César.
Con cautela me acerqué a la ventana y pude
verlo con absoluta precisión. Me sorprendió su estado, y antes que ello, el que
estuviera recluido en dicha cárcel.
–¡Dame un cigarro!... ¡Dame algo…!, lo que
puedas, lo que tengas… –exclamó aturdido, movía nerviosas sus manos, apoyando
con sus gestos el petitorio desesperado. Intranquilo giraba su rostro
calavérico hacia los lados, volteándolo diligente en acción mecánica a su
espalda, tenía la inquietud de quienes han sido abandonados por el sosiego a
fuerza de mantener alerta sus sentidos.
–No tengo, César, yo no fumo…, pero toma,
quédate con esto…
Saqué varios billetes de baja denominación
que llevaba perdidos en uno de mis bolsillos del pantalón y se los entregué
apenado. Sentía que no era la mejor forma de tenderle una mano, de socorrerlo
en su dramática condición. No tuvimos tiempo de hablar nada más. Apresurado
tomó los billetes y raudo salió del recodo desde donde nos había divisado, y en
el que cada vez que podía se apostaba en espera de una cara conocida, como
quien aguarda la visita del cartero con la misiva que nunca llega. Se fue
desplazando con el recorrido azorado de una bala perdida, como ahora recuerdo
desde aquella precaria vista hacia el interior del recinto, a todas esas personas
de flacuras extremas privadas de porvenir. Así, a zancadas largas y ligeramente
encorvado lo vi alejarse, mientras las ropas se le agitaban en volandas por el
viento caliente de la hora. Nunca más supe de él sino hasta los primeros días
del mes de enero de mil novecientos noventa y cuatro.
La intimidad del lugar lucía raramente
ordenada para tratarse de un taller de reparaciones mecánicas. Sus paredes compartían
dos tonos de colores en delicada armonía de gris y blanco que se extendían a lo
largo de toda la construcción.
–Naiden,
señor Monche… –responde la joven, en perfecta sincronía entre una sonrisa de
dientes asombrosamente blancos y una mirada centelleante de pupilas
oscuras.
–¿Cómo dijo? –interroga, nuevamente el
hombre.
–¡Na-i-den…!
¡¿Usted como que está sordo?! –contesta
la secretaria, en giro enfático de cuidadosa separación silábica para despejar
las dudas del propietario del establecimiento. Monche se ríe, y unas arrugas en
torno a sus ojos se aprietan delicadamente achinando su expresión facial. De
inmediato, haciendo uso de su buen humor, la corrige con la inflexión socarrona
que acostumbraba usar.
–No se dice na-i-den, se dice: ¡nadie! Repítalo conmigo… ¡Na-die!
En esa labor se encontraba el dueño del
taller de mecánica automotriz, el “doctor en motores”, como rezaba un flamante
diploma colgado en una de las paredes, cuando fui a visitarlo días siguientes
al encuentro con Furruñao. No se sorprendió al comentarle sobre el caso, sabía
de la terrible adversidad que había padecido su antiguo trabajador.
–¿Lo viste…?, ¿cómo está…? –me increpó con
un cierto dejo lastimero.
–¡Mal! ¡De qué otro modo podría estar! –le
respondí sin rodeos, mientras caminábamos en dirección al área donde se
reparaban los vehículos.
En aquel taller, el espacio de labores
mecánicas siempre estaba bien atendido, era una de las cosas que, especialmente,
me llamaba la atención del establecimiento. Cada herramienta tenía su lugar
preciso, los carros debidamente estacionados, y el piso, con sus naturales
muestras de aceites y grasa en algunas de sus partes, pero nunca en condiciones
de higiene deplorables, fuera de lo común, como ocurre con frecuencia en donde
este tipo de oficios se llevaban a cabo.
–¡Que vaina…!, es un buen muchacho que
tuvo la mala suerte esa noche de quedarse en casa de su hermano. Jamás lo
hacía, pero cuando las cosas van a pasar, nadie te salva de ellas… –comentaba
Monche, en tanto se inclinaba debajo de uno de los automóviles para ver el
desempeño del nuevo ayudante–. Pareciera una ley de la vida, al pobre lo
persigue siempre la adversidad–continuó murmurando, proyectando su voz bajo la
intimidad mecánica del auto–. Decidió dormir ahí, y a medianoche, una comisión
de la policía judicial allanó la vivienda buscando al hermano que, en efecto,
sí tenía cuentas pendientes con la justicia. Lo acusaron de complicidad en
delitos cometidos por el otro. Todos hemos hablado en favor de él, pero, a la
fecha, ya lleva varios meses en Sabaneta, y no creo que pueda salir hasta un
largo tiempo –comentó, finalmente, al levantarse del ras del piso.
Apenados por el hecho, nos despedimos con
un par de palmadas apostando a que el muchacho pudiera sortear prontamente el
terrible desenlace de su vida.
Allá
lejos, en el cielo, un par de nubes negras escoltaban un ave solitaria que,
entre el aire caliente de las alturas, esquivaba las miradas borrosas de los
hombres. Se movía sigilosa en el horizonte, mientras me retiraba del lugar y
lanzba una mirada descuidada al horizonte plomizo del mes. Es el invierno de
octubre cerrando su ciclo semestral.
Los
detalles noticiosos de la tragedia del cuatro de enero de mil novecientos
noventa y cuatro, dieron cuenta de una barbarie que, con toda justicia, se le
denominó: la masacre de Sabaneta. Ahí, un grupo de reclusos en el paroxismo de
su máxima crueldad, patearon en el interior de la prisión que, estos ojos
vieron aquella mañana varios meses antes, la cabeza decapitada y sanguinolenta
de un hombre, en sádica exhibición de un macabro juego de fútbol en el que, la
parte superior del cuerpo degollado de aquel pobre diablo, se iba chutando como
una pelota entre los reos.
En
su rostro aparecía registrada la expresión siniestra del terror, huella
inenarrable de aquellos últimos instantes de su vida martirizada. Sus
desorbitados ojos hacía rato habían perdido esa chispa de energía que nos
muestra vivos, destello que, aun en los peores momentos del dolor, sin embargo,
todavía, pueden expresar el hálito vital de la existencia que, tercamente en su
lucha contra la muerte, intenta vencerla con las restantes fuerzas de la
sobrevivencia.
César
Ocando, era su nombre, el mismo que asomara su vista desesperada pidiendo un
cigarrillo, o cualquier cosa con sabor a libertad durante esa agobiada mañana
en que nos saludamos. Era, él, Furruñao, el joven mecánico –y no me lo podía
creer– de aquella tarde inocente en que, por una determinación de última hora,
sin que mediara razón alguna, escogiera pasar la noche en casa de su hermano y
no en la suya, al salir de la jornada laboral, como bien habría querido la
suerte que a cada quien en algún instante se le esconde, para que sea,
entonces, el infortunio quien, sin piedad tome su lugar. Son los dados del azar
con el que juegan las invisibles fuerzas del destino que, lanzados desde el
aleatorio capricho de las incertidumbres, se imponen detrás de cada acto
inadvertido de los humanos. No hay modo de evitarlo, lo sabemos, lo ignoramos,
¿acaso importa?
La
intervención de las autoridades militares después de varias horas, se abren
paso entre los cadáveres a fin de tomar el control del penal, destaca la
crónica. La masacre de Sabaneta ha culminado, y con ella la vida de aquellos
seres que alcancé a mirar fugazmente como antesala del espectro que ahora son.
El tiempo, y el olvido con el que se trenza cada instante, los va dejando atrás
en el triunfo que la muerte va teniendo sobre la vida.

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