"¡Diles que no me maten!": El Rulfo que el cine venezolano hizo suyo. (Ensayo)
Aquel desconocido, para esa época, no se
dedicaba con exclusividad a la literatura, pues ocupaba su tiempo viajando por
la geografía mexicana como representante de la marca de neumáticos
Goodrich-Euzkadi. Alternaba esta ocupación con la fotografía, oficio que desempeñaba
con verdadera pasión, como suele ocurrir con quienes son animados por fuerzas
inmateriales que los impulsan a buscar, en el mundo que les rodea, la esencia
invisible de las cosas al ojo común.
Este ejercicio de auscultar el entorno
social y paisajístico le permitió asomar su mirada al México rural, colmado de
sus ancestrales soledades y atrasos, para que, con su aguzada observación,
consiguiera retratar fielmente la agreste panorámica de una nación de
extravagantes contrastes. ¡Diles que no me maten! fue incluido
posteriormente en el celebrado libro de relatos El llano en llamas, publicado en 1953 por el Fondo de Cultura
Económica; obra que, junto a Pedro páramo,
logró convertirse en la importante referencia literaria que todavía
representa. El ejemplar que ahora mismo
tengo en mis manos agrupa ambas publicaciones en una edición que pertenece a la
editorial Oveja Negra (1984); ha permanecido conmigo por varias décadas junto a
otros libros de formato similar: una versión de tamaño media carta, sin mayores
pretensiones en su cubierta, como si quisiera con ello pasar desapercibida a la
mirada curiosa del lector.
El caso es que no habría reparado en El llano en llamas nuevamente, si no
fuera por el hecho de descubrir —tardíamente, lo reconozco—, la adaptación
cinematográfica realizada en 1984 —casualmente la misma fecha del libro ya
amarillento que ahora mismo examino— del relato ¡Diles que no me maten! producida por un venezolano de origen
merideño con el auspicio de la Universidad de Los Andes. Se trata de una realización
fílmica a cargo del cineasta Freddy Siso con un elenco de figuras destacadas
del cine venezolano. Siso formaba parte del movimiento del Nuevo Cine
Venezolano y el Tercer Cine.
En los registros oficiales de la película,
en los respectivos créditos, destaca una leyenda indicando expresamente que está basada en la obra de Juan
Rulfo. Aparte, Freddy Siso figura junto a Bernardo Cequera en la escritura del
guion; la música, a cargo de Pablo Manavello, y todo lo concerniente a la
producción, remiten a un logro estrictamente venezolano.
Tuve la oportunidad de ver la obra en un
enlace de YouTube hace unos meses. Quedé gratamente impresionado por su
calidad, por lo que, desde entonces, sentí la curiosidad por indagar sobre la pieza
propiamente dicha, la iniciativa cinematográfica y los involucrados en ambas
creaciones: el escritor del relato y el cineasta venezolano.
Cuando tenía seis años, su padre fue
asesinado en una revuelta y su madre murió cuatro años más tarde. Fue enviado a
un internado —una suerte de reclusión para huérfanos y desamparados que él
mismo describió como una cárcel—. Allí comenzó su hábito de observar el mundo
desde el silencio y una amarga soledad que siempre acompañaría su perspectiva
narrativa.
Como antes hemos anotado, Juan Rulfo tuvo
que ganarse la vida en varios oficios, todos ellos muy alejados del ámbito
literario propiamente dicho, salvo el de fotógrafo; porque, si se quiere,
captar imágenes cuando se hace con propósito artístico, en cierto modo,
emparenta el oficio con la intención de querer mostrar una materialidad que es
invisible o impasible al observador común. Por eso apuntamos el caso del
desempeño del escritor en la fotografía, porque, en efecto, su pasión por esta
la ejercía con perspicaz mirada, intentando atrapar el aliento de una
cotidianidad arrinconada en la esperpéntica realidad mexicana de su tiempo. A propósito
de la cual André Breton expresó en 1938 su célebre aseveración: “México es el
país más surrealista del mundo”, afirmación que, dicha en compañía de Frida
Kahlo, Diego Rivera y León Trotsky, era en sí misma una prueba viviente de la
naturaleza disruptiva del tiempo que les rodeaba.
Así pues, Juan Rulfo tuvo entre sus haberes ocupacionales la condición de agente de inmigración, revisando barcos y persiguiendo polizontes. En otro momento fue vendedor de cauchos o llantas —como se acostumbra decir en México y otros países—, trabajo que le permitió recorrer los polvorientos caminos del México rural, conociendo de primera mano a los protagonistas de la miseria y a pueblos enteros con sus menesterosas rutinas. Se cuenta que de sus recorridos le quedó el lenguaje, las maneras particulares de expresarse de las personas y el paisaje que luego sería el telón de fondo de El llano en llamas.
¿Quién diablos haría este
llano tan grande? ¿Para qué sirve, eh?
Hemos
vuelto a caminar, nos habíamos detenido para ver llover. No llovió. Ahora
volvemos a caminar. Y a mí se me ocurre que hemos caminado más de lo que
llevamos andando. Se me ocurre eso. De haber llovido quizás se me ocurrieran
otras cosas. Con todo, yo sé que desde que yo era muchacho, no vi llover nunca
sobre el llano, lo que se llama llover.
No,
el llano no es cosa que sirva. No hay ni conejos ni pájaros. No hay nada. A no
ser unos cuantos huizaches trespeleques
y una que otra manchita de zacate con las hojas enroscadas; a no ser eso, no
hay nada.
Rulfo, J. (1984). Nos han dado la tierra. En El llano en llamas (p. 113). Editorial Oveja Negra.
…Y cómo huir cuando no quedan islas
para naufragar
al país donde los sabios se retiran
Del agravio de buscar labios que
sacan de quicio
Mentiras que ganan juicios tan
sumarios que envilecen
el cristal de los acuarios de los
peces de ciudad
que mordieron el anzuelo, que bucean
a ras del suelo
Que no merecen nadar
El Dorado era un champú
La virtud, unos brazos en cruz
El pecado, una página web
En Comala comprendí
Que al lugar donde has sido feliz
No debieras tratar de volver…
Sabina,
J. (2002). “Peces de ciudad” [Canción]. En
Dímelo en la calle. Sony Music.
Antes de que existiera el boom latinoamericano, Rulfo (1951) ya
había derribado en su narrativa la frontera entre la vida y la muerte. En sus
historias, los fantasmas caminan junto a los vivos —no como un truco de terror
o artificio narrativo, sino como una realidad cotidiana del campo mexicano—;
algo que, en cierto modo, también ocurre en muchos de nuestros países. Basta
recorrer algunos de los caminos desolados de nuestra geografía nacional para
encontrar, por ejemplo, al recodo de esas largas carreteras que conectan los
llanos venezolanos, algún santuario con imágenes acompañadas de velas
encendidas, flores, ofrendas y toda clase de abalorios que manifiestan una
devoción —a prueba de todo razonamiento secular— a las ánimas que habitan en el
universo pactado con fe ciega por los lugareños.
"¡Diles que no me maten!": Un Llano en llamas venezolano
El caso es que, al ver la película, se
percibe que —aunque narra una historia distinta— guarda una absoluta fidelidad
a la estructura narrativa del trabajo de Juan Rulfo. Así, el personaje
principal de la trama, Juvencio Nava —al igual que en el relato—, es
interpretado por el actor venezolano Asdrúbal Meléndez. En el reparto, la
actriz Flor Núñez representa a la mujer de Juvencio con el nombre de Luvina;
detalle que me llamó la atención porque, con ese nombre, en la obra El llano en llamas, el autor incluye un
cuento con dicho título. Se trató, a mi modo de ver, de una licencia de
guionista que se tomó Freddy Siso para su trabajo fílmico, como para que no
quedaran dudas sobre la relación de su producción con la obra rulfiana.
En la película —y no entrego más detalles
para que se decidan a verla y a la vez, si no han leído la obra del autor
mexicano, pues, igualmente pueden leerla; es un buen momento para hacerlo
porque es una verdadera joya narrativa—, el personaje principal, tras vivir 35 años huyendo por el
asesinato de su compadre, finalmente es capturado y fusilado por instrucciones
del hijo de la víctima. Dicho así, la inclinación natural de quien lee esta
breve descripción sería conmoverse por el malogrado compadre; pero, en
realidad, la vida suele ser mucho más compleja que una afirmación o juicio de
veintitrés palabras. Por lo general está cruzada por una cartografía de sombras
e injusticias que prohíja un destino determinado, como es el caso de Juvencio y
su compadre: un círculo de hierro que les invito a descubrir en ambas obras.
El filme, de una hora y treinta y cinco
minutos, obtuvo el Gran Premio Simón Bolívar en el Festival de Cine de Mérida
en 1984, consolidando a Freddy Siso como un destacado realizador al capturar en
¡Diles que no me maten! la atmósfera
de angustia; la de una culpa erosionando el alma por el miedo, junto al paisaje
fantasmagórico que describe en sus textos, como su sello personal, el autor de
todo este cosmos narrativo.
Así que no dejen de ver y leer la obra;
tomen su tiempo para ello, porque hay placeres que no admiten prisa.
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