Roque Dalton y el cinismo de sus verdugos. Artículo/Ensayo
El juicio sumario que llueve sobre
mojado
“La última vez que vi a Roque, fue en
Moscú, en mi casa, en 1966. Roque había leído El coronel no tiene quien le escriba y pensaba que García Márquez
llegaría a ser un gran escritor”.
Eraclio Zepeda.
Prólogo de Taberna y otros lugares. 1988.
“Saint-Just acuñó en los días del terror robespierista, una frase terrible: la revolución se defiende en bloque, quien la discute en el detalle, la traiciona. Todo estalinismo encuentra en esa idea su raíz. La experiencia demuestra que la verdad es lo contrario: discutirla en el detalle es defenderla”.
Teodoro Petkoff.
Del
optimismo de la voluntad. (Escritos políticos). 1987.
Es el caso del poeta salvadoreño Roque
Dalton, desaparecido a manos de sus propios compañeros de causa hace más de
medio siglo. Desconociéndose a la fecha el lugar preciso donde reposan sus
restos, todas las fuentes establecen el año de 1975 como la fecha de su
ejecución por cuenta de una facción del Ejército Revolucionario del Pueblo,
bajo la acostumbrada y manida acusación de ser agente de la CIA. Su cuerpo aún
sigue desaparecido, convirtiéndose en el símbolo más potente de la intolerancia
interna dentro de las filas revolucionarias.
Pues bien, sus fraternales compañeros,
poco después de que obtuvieron el poder —llegaron formalmente en 2009, cuando
el FMLN ganó por primera vez la presidencia de El Salvador con Mauricio Funes—,
mediante decreto del cuerpo legislativo nacional en marzo de 2013, declararon
el 14 de mayo como el Día Nacional de la Poesía en conmemoración de su fecha de
nacimiento, ocurrida en 1935... Mientras su, familia, encabezada por sus hijos
Juan José y Jorge Dalton, mantenía y todavía persevera en su clamor de justicia
y entrega de sus restos mortales.
Roque Dalton es catalogado como el poeta
más destacado de su generación en El Salvador. Su vida fue una constante huida
y un eterno retorno. Hijo de un inmigrante estadounidense acaudalado y una
enfermera salvadoreña, Dalton creció en la frontera de dos mundos: la élite y
una realidad carcomida por las desigualdades sociales. Su formación jesuita le
dio la disciplina intelectual, y la sensibilidad que luego se transformaría en
praxis política para desafiar la seguidilla de dictaduras militares que en
Centroamérica se entronizaban de modo vergonzoso. Se acogió entonces a una
apasionada militancia comunista en su país a partir de 1957, después de una
visita a Santiago de Chile en 1953. Aquel viaje resultó clave en su decisión
debido —según se cuenta— a un pintoresco encuentro con el reconocido pintor
mexicano Diego Rivera. El bachiller Dalton recibió, con el rústico estilo con
el que se conocía al artista, un trato humillante por no haber tenido aún
contacto con el marxismo. Se dice que, en la conversación, ante una pregunta
del joven, en lugar de responderle le contestó con otra:
—¿Cuántos años tienes?
—¡Dieciocho! —le dijo, sorprendido ante la
pregunta.
—¿Has leído algún libro de Marx?
—No.
—Entonces tienes dieciocho años de ser un
imbécil —le dijo ramplón, con toda la gestualidad humillante de su enorme
presencia. Fin de la conversación.
Aquel instante le cambió la vida, al
regresar a su país, la curiosidad intelectual lo empujó en la convicción que
pronto sería su entrega ferviente.
En El Salvador, y en todos estos países
bajo una bota militar, en el contexto histórico que les rodeaba no había otra
alternativa política distinta a la opción comunista ni otra forma de lucha
posible que no fuera la insurrección armada. Aquella era una realidad bizarra, donde
nada era exagerado, ni estrambótico ni desproporcionado, era como si el mundo
que se habitara fuera la puesta en escena de un libreto de ribetes
tragicómicos.
Hace algunos años, de acuerdo con aquel
extravagante cosmos de lo absurdo, por vía del libro autobiográfico, Ida y Vuelta de la Utopía del dirigente
político venezolano Héctor Rodríguez Bauza, me enteré del trabajo de
investigación del periodista canadiense William Krehm, titulado Democracias y tiranías en el Caribe,
donde se cuentan, casi de modo anecdótico, las innumerables tropelías de los
gobiernos militares de esta parte del continente. Algunos de esos hechos —que
hoy resultarían patéticos— esconden, en realidad, el calibre de una ignominia
inconmensurable. Cuenta Rodríguez Bauza sobre el presidente de Honduras o El
Salvador —sin precisar, ya que a efectos del análisis daría lo mismo— que
ordenó instalar en la casa presidencial un local de comida que atendía su
esposa, la primera dama. Además, abrió una emisora de radio en la que ella emitía
tres programas diarios: uno de consultas sentimentales, en el que daba consejos
a sus oyentes; otro en el que daba recetas de cocina; y un tercero en el que
presentaba cantantes populares…
En la obra de William Krehm abundan este
tipo de referencias debido a su condición de corresponsal de la revista Time en la región durante la década de
1940. Esta fue la fuente principal de su célebre libro, pues documentó de
primera mano el ascenso de varios dictadores y las luchas democráticas en
Centroamérica y el Caribe en los lapsos de Anastasio Somoza (Nicaragua), Rafael
Leonidas Trujillo (República Dominicana), Tiburcio Carías Andino (Honduras),
Jorge Ubico (Guatemala) y Maximiliano Hernández Martínez (El Salvador).
Así, desde el año en que nace Roque Dalton
hasta 1975, fecha en la que fue asesinado, en El Salvador llegaron al poder
ocho gobiernos encabezados por militares; regímenes marcados por sus
respectivas cuotas de ignominia y de maldad extrema, cuya estadía en algunos
casos se prolongó hasta por 13 años. De modo que, en un clima como este, de tan
exorbitantes abusos, no era de extrañar que la cultura del atropello y la
arbitrariedad cundiera en tales proporciones para que ninguno de los
contendores políticos y sociales —a veces en cruenta guerra civil— fuera capaz
de mantenerse inmune a la barbarie de aquel mundo jurásico. Así que Dalton se
hace comunista por decisión, por convicción y por un imperativo histórico que
solo es posible comprender situándose en su propia realidad social.
El corazón de este libro de poemas de tan
particular título resume en absoluta correspondencia el sentido irreverente,
mordaz e irónico con el cual observaba la vida el poeta a través de su
caleidoscópico andar, congeniando un arquetipo de persona que funde la
sensibilidad estética con la voluntad inquebrantable de transformar la realidad
a como diera lugar. Esos otros lugares
representan las distintas geografías en torno a las que gravitaron su
militancia política y su poesía.
O.E.A.
El Presidente de mi país
se llama hoy por hoy Coronel Fidel
Sánchez Hernández.
Pero el General Somoza, Presidente
de Nicaragua,
también es Presidente de mi país.
Y el General Stroessner, Presidente
del Paraguay,
es también un poquito Presidente de
mi país, aunque menos
que el Presidente de Honduras, o
sea
el General López Arellano, y más
que el Presidente de Haití,
Monsieur Duvalier.
Y el Presidente de los Estados
Unidos es más Presidente de mi país,
que el Presidente de mi país,
ese que, como dije, hoy por hoy,
se llama Coronel Fidel Sánchez
Hernández.
OEA. Taberna y otros lugares. 1969. La Habana
(Cuba)
En la tierra de Milan Kundera, a poco de la invasión soviética que acabó con la idea del socialismo con rostro humano de Alexander Dubček, el poeta salvadoreño escribió entre 1967 y 1968 el libro que le acreditó el premio, podrán ustedes imaginar el mundo con su calibre cuestionador que daba vueltas en su cabeza. A este respecto su amigo Eraclio Zepeda, en el prólogo que le escribe para la edición de 1989, fechada en julio de 1988 en Ciudad de México, comenta al respecto:
“Pero
la Praga del 67 planeaba problemas nuevos, que a muchos de nosotros tomaba por
sorpresa. Había, evidentemente, una gran simpatía por lo que buscaban los
checos y los eslovacos, y una preocupación también ante los cambios inéditos.
Teníamos aún, demasiado cerca, la herencia de la costumbre, los manuales y las
etiquetas”.
Casi un Prólogo. Taberna y otros lugares. Pag. 5. Sexta edición de UCA Editores. El Salvador. 1989.
La elección que el poeta hace del nombre
Taberna se refiere —como después él mismo explica— a la famosa taberna U Fleků de Praga, en la que se reunían
intelectuales y obreros para conversar sobre lo humano y lo divino. Roque
Dalton acostumbraba frecuentar el lugar y, en ese rutilante andar, al margen o
en compañía de copartidarios, en alguno de sus asientos apartados —quizás con
su pensamiento puesto en el otro lado del mundo—, mientras las conversaciones
iban y venían en un idioma que, aun cuando comprendiera, le resultaba
igualmente extraño; aquellos parlamentos, en su alma de poeta, se transformaban
en el libro de poemas que, de hecho, es una especie de collage de todas esas
voces que hablaban al mismo tiempo. “Taberna
y otros lugares, es el libro maduro de Roque Dalton, el único en el que
pudo trabajar sin prisa, o con menos prisa”, escribió Eraclio Zepeda. Tenía
entonces 32 años, ya contaba con una deslumbrante biografía y, en algunos
círculos —especialmente de intelectuales latinoamericanos—, era considerado una
leyenda.
Taberna
(Conversatorio)
Los antiguos poetas y los nuevos
poetas
han envejecido mucho en el último
año:
es que los crepúsculos son ahora
aburridísimos
y las catástrofes, harina de otro
costal.
Por las calles que aprendo de
memoria
cuerpos innumerables hacen la
eterna música de los pasos
-un sonido, he aquí, que jamás
podrá reproducir la poesía-.
Y todo, ¿para qué?
Para que su eco polvoso se aglomere
en éste que fue patio de reyes!
No me vengan a hablar del misterio,
desvelados,
amantes de ancianidad especial
a quienes el mundo parece deber
pausas:
¿alguien resolvió el del ombligo?
No lo dice por ponerse grosero,
ni yo trato de subrayar su gusto
dudoso,
pero, en verdad, ¿alguien resolvió
el misterio
de un agujero tan simpático?
Ruta del origen, mucho más
importante
que las dobles políticas para
sobrevivir,
¿carga de qué energía retenida
en su nudo al revés?
(Fragmento
del poema)
Vivió una larga temporada en Cuba, donde se comenta que recibió entrenamiento militar —para lo cual se supo que no era especialmente hábil—, mientras participaba activamente en la vida cultural de la isla. Se dice que Fidel Castro lo respetaba por su capacidad intelectual, aunque a veces resultara incómodo por su humor crítico. En el lapso en que vivió en Cuba, en Latinoamérica, el llamado boom literario destacaba su presencia en el mundo de las letras. Julio Cortázar fue, quizás, su amigo más cercano en el ámbito literario; este lo admiraba por su falta de solemnidad: “reía de todo, incluso de la muerte”, escribió sobre él. Tras su asesinato, Cortázar expresó con particular vehemencia la denuncia del crimen ante la comunidad internacional, escribiendo textos desgarradores sobre la pérdida del amigo que “además de su conducta política inquebrantable, dejó un testamento: toda su poesía”.
En Venezuela mantuvo correspondencia
intensa con destacados intelectuales, entre ellos Salvador Garmendia, Adriano
González León, Caupolicán Ovalles y Ludovico Silva, junto a otros miembros del
recordado movimiento “El Techo de la Ballena”, grupo de vanguardia artística y
política en la Caracas de 1961 a 1969; aspecto este ampliamente documentados en
archivos de la época.
El poeta fue un hombre de esos que calzan
perfectamente en la definición de “alma compleja”, pues no tuvo reparos nunca
en cuestionar, con la misma fuerza con que se apasionaba por aquello en lo que
creía, lo que a su vista era condenable, como fue el caso de la invasión a
Checoslovaquia en 1968.
En 1973, Roque Dalton regresó
clandestinamente a su país. Para la fecha ya había decidido romper con el
Partido Comunista Salvadoreño para unirse al Ejército Revolucionario del Pueblo.
Era un hombre bastante conocido por la dictadura militar que gobernaba El
Salvador, donde estuvo encarcelado varias veces. Las fuentes de la época señalan que, antes de
abandonar La Habana, adoptó no solo un nuevo alias, sino también otro rostro,
resultado de una cirugía estética para burlar el seguimiento represivo. Aquella
intervención estética, según se especuló, fue realizada por el mismo cirujano
que había operado al Che Guevara antes de irse a Bolivia. Puede que sea cierto,
o no, sin embargo, por la saga a tono de gesta con que se desarrollaba la
historia de El Salvador, toda esta épica se inscribía en el contexto de una
época legendaria: especie de fragua de
leyenda donde se borraban las fronteras entre la verdad y la ficción.
En algo más de un año, Dalton fue hecho
prisionero por sus propios compañeros y enseguida sometido a un juicio sumario,
donde las acusaciones de agente de la CIA se despachaban con el simplismo
rampante de una excusa que escondía la verdadera simiente intolerante del
movimiento. A cuatro días de su cumpleaños cuarenta, el 10 de mayo de 1975, fue
ejecutado. Los responsables de aquel asesinato llegaron al gobierno en 2009 y,
en 2013, decretaron el 14 de mayo como el Día Nacional de la Poesía en El
Salvador en su honor; sin embargo, sobre los autores de aquella ignominia
—algunos de ellos en cargos de importante responsabilidad— nada se comentó…
Cuando
se conoce su asesinato, en Venezuela, José Vicente Rangel —entonces diputado
por el MAS— fue uno de los intelectuales y políticos nacionales que más alzó la
voz desde su condición parlamentaria para exigir explicaciones. El mundo de la
cultura, encabezado por Miguel Otero Silva y otro grupo de intelectuales,
suscribió un documento público denunciando el caso. Su amigo, Julio Cortázar, a
través de un artículo publicado en El Sol
de México el 12 de octubre de 1975, manifestó su indignación:
“¿Pero qué decir frente
al cadáver de un compañero que no ha sucumbido frente al enemigo común, sino
que ha sido asesinado turbiamente en el marco de una disensión partidaria, y
que sus victimarios pretenden mostrar como un traidor? Estoy hablando del poeta
Roque Dalton, asesinado en su país y por compatriotas, no por aquellos que
vienen sojuzgando a El Salvador a lo largo de años y años de sangre y de
vileza, sino por un grupo de los que pretenden liberarlo en nombre de la
libertad y la revolución. Ignoro —y creo que casi todos los ignoramos— los
detalles precisos de un crimen que sobrepasa en horror a los peores que haya
podido cometer el enemigo interno o externo de El Salvador”.
También expresaron su rabia reconocidos
escritores en varios de sus artículos y libros a lo largo de varios años, en
una persistente denuncia de la impunidad sobre su muerte; entre ellos, Eduardo
Galeano y Elena Poniatowska.
Cuando la intolerancia cobra cuerpo en
quienes se consideran los únicos depositarios de la verdad que encarnará el
paraíso del mañana, sus resultados no suelen ser simples tragedias, sino el
imperio atroz de la barbarie.
Quizás llueva sobre mojado esta historia,
como también puede que lo haga un tango con su fatídico trance. Pienso en la
tragedia como tema predilecto de los tangos, y asimismo en la orquestada
sincronía de los destinos fatales de una nación —y también quizás de toda una
región—, sucesos que ocurren envueltos en una cotidianidad de tan normal
continuidad, como si únicamente esta fuera el exclusivo modo de transcurrir la
historia en ellas, sin que les cause asombro el maridaje insólito del espanto
del drama con la esporádica presencia del glorioso encanto de la vida. Maximiliano
Hernández Martínez —el dictador salvadoreño que ordenó la matanza de campesinos
en 1932— fue asesinado por su chofer en la placidez de su finca en Honduras,
cuando las lluvias de ese 15 de mayo de 1966 ya eran una presencia perenne en
la temporada.
Un altercado violento debido a reclamos
salariales derivó en un arrebato de ira, con diecisiete puñaladas clavadas en
su cuerpo, para despacharlo de este mundo bajo el sublime arcano de una
constelación de lluvias cayendo sobre la tierra mojada.
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