El desafío de otras voces: escribir en femenino

Por Edinson Martínez

Como escritor, siempre he creído que la novela es el territorio de la alteridad. Sin embargo, nada me ha exigido tanto rigor ético y estético como el reto de hablar a través de mis personajes femeninos. No se trata de "imaginar" cómo piensa una mujer, sino de aprender a escuchar el mundo desde una sensibilidad que, siendo ajena, termina por revelarnos nuestra propia humanidad. Escribir es, en esencia, un acto de escucha; mi labor sería un oficio mudo sin su fuerza e inteligencia. Ellas no son solo personajes, son el reflejo del carácter y la profundidad que solo la mirada femenina aporta a la vida. A las lectoras que me cuestionan y rescatan mis libros del silencio de los algoritmos: gracias por ser el faro de mi oficio.

Darle voz a Melina, con su agudeza intelectual en mi más reciente manuscrito aún pendiente por publicar; a la determinación inquebrantable de Mercedes en Piratas de Plenilunio, o a los temores de Susana Valdez en Las horas perdidas, ha significado un proceso de desaprendizaje. He tenido que silenciar mis propios sesgos para permitir que la vulnerabilidad de Silvia en Vidas paralelas, las intrigas de Carmela en Un sujeto llamado Santiago, o la paciencia resignada de Marila en Número Rojo, tomen el mando de la narración en episodios sin los cuales las historias estarían incompletas.

El verdadero reto no ha sido técnico, sino de empatía profunda. Descubrir que la fuerza de estas mujeres no reside en una simple convocatoria para dar sentido a una trama, sino en una presencia inevitable que sostiene el peso de mis novelas. Al escribir desde sus ojos, he comprendido que la literatura solo es completa cuando logramos cruzar la frontera de nuestro propio género para encontrarnos con nuestra más divina contraparte. Hoy, esos nombres ya no son ficción; como un dios dándoles el soplo de vida, ellas son las maestras que me han enseñado que la palabra, para ser verdadera, debe ser capaz de habitar todos los cuerpos.

Mi vida ha estado rodeada siempre de mujeres; me he sentido mimado y protegido por ellas. Por eso, al crear un personaje femenino, procuro hacerlo desde su propia piel con la mayor autenticidad posible.
Como reflexión final —y en una suerte de alter ego del protagonista de mi novela inédita—, me atrevo a señalar que la única y más trascendente revolución de la humanidad ha sido el avance gradual y persistente de la mujer en la sociedad. Es un ascenso indetenible y sigiloso en todos los campos de la vida. Lo verifiqué, por ejemplo, durante mis años como docente universitario, donde más del sesenta por ciento del alumnado eran mujeres, a pesar de que la composición demográfica por sexo es pareja.

Hoy existen en Venezuela profesiones de dominio eminentemente femenino; incluso este artículo podría estar siendo editado por una mujer en alguno de los portales donde gentilmente se publica mi obra. Hace cincuenta años esto era impensable, cuando las aulas eran territorio masculino y la presencia de una joven era una singularidad. Por eso, creo que estamos ante una revolución silenciosa e irreversible que configura una nueva perspectiva de la humanidad, esa que durante siglos apartó la mirada femenina. Así, hoy celebro a las lectoras que dan sentido a mis páginas y rindo homenaje a las protagonistas que habitan mi narrativa.


¡Feliz Día de la Mujer!

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