Las coordenadas indescifrables de Alonso de Ojeda
Del periplo caribeño al limbo burocrático de una gaveta municipal
Por Edinson Martínez
La historia de ficción cuenta las aventuras de un personaje de nombre Maskay por las aguas del Lago de Maracaibo, una suerte de Odiseo contemporáneo cincelado en clave bajo la cosmogonía de la etnia wayuu. En su periplo lacustre, el joven indígena cumplía en su misión los designios de un extraño lapü -sueño- que no podía ser otra cosa que una trágica premonición sobre su pueblo. Esa era la conclusión de Kousat, la hechicera de la historia, a quien consultó el personaje en torno a tan fatídica revelación. Para evitar que aquel funesto sueño se cumpliera, la anciana recomendó inmediatamente realizar la travesía por las aguas del lago como una forma de conjurar las irremediables admoniciones que caerían sobre el pueblo proferidas por el personaje que da origen a este escrito.
Comencé a escribir el prólogo con todo gusto, porque, en efecto, la historia me cautivó y a los pocos días le entregué alrededor de una cuartilla de texto.
«Donde el mar termina de bordear la
tierra y la sequía podría ser eterna si no fuera por la lluvia excepcional
convertida en diluvio, inicia Maskay, personaje central de esta historia
fantástica, su viaje por las azules, verde mar o celestes, como el cielo
tranquilo, aguas del Lago de Maracaibo. Un sueño, lapü, en el bien decir de su cultura ancestral, da origen a este
viaje, luego que Kousat, con su maestría descifradora de acertijos oníricos, le
alertara de las terribles admoniciones que sufriría su pueblo de no cumplir el
conjuro que habría de significar este viaje en el lapso de un mes».
Fragmento del prólogo a Viaje a Santa Cruz de Wuinpumüin.
Marcelo Morán. Prólogo de Edinson Martínez. Primera y única edición. Noviembre
de 2011. Maracaibo, Venezuela.
El libro circuló profusamente entre amigos y conocidos con especial reconocimiento para su autor, aspecto que recuerdo gratamente. Años después, cuando ambos fuimos compañeros de labores, como si la conjunción indescifrada de un lapü ya nos tuviera entre sus coordenadas, nos convertimos en testigos excepcionales de la historia que comienza aquí.
Nunca imaginamos tropezarnos con el personaje de carne y hueso que, en realidad, dio origen a la ficción que alienta a Viaje a Santa Cruz de Wuinpumüin. Ni siquiera podríamos habernos paseado por una idea tan extravagante o, mejor dicho, surrealista, en las más atribuladas invenciones de nuestros ejercicios como escritores. Sencillamente, era impensable llegar a fantasear con la idea de que el capitán Alonso de Ojeda, aquel guerrero de violencia feroz y despiadada en la conquista de nuestra América, una mañana de un día y mes impreciso de 2014, se nos plantara sobre el escritorio de mi despacho en un pequeño cofre precintado de cristal.
—¿Será esto lo que usted está buscando? —me dijo la encargada de una de las secciones de registro e inventario de bienes del Concejo Municipal de Lagunillas, en el estado Zulia, Venezuela, al tiempo que colocaba el modesto recipiente sobre el mueble, ignorando ella misma su verdadero contenido.
En
casos como estos, el pensamiento vuela, pareciera inevitable. Entonces, atiné en
fugaz conclusión, una reflexión más o menos arbitraria sobre el destino del
histórico personaje: «Tanto andar en la vida para terminar junto a una cafetera
eléctrica inservible, cajas de cartón como desecho y papeles sin valor, todos
directo al vertedero en condición de basura cuando se iniciaba la mudanza a la
nueva sede oficial del gobierno municipal.»
Pero Alonso de Ojeda no apareció de la nada. A pocos días de estrenarme en el despacho, recibí la llamada telefónica de quien fuera presidente del Concejo Municipal en 1982. Para aquella época, la figura del alcalde como autoridad gubernamental no existía en nuestras leyes, así que las atribuciones administrativas del gobierno local las ejercía el presidente municipal. En la breve llamada, este me consultaba sobre el tema y confieso que, en un principio, pensé que era una broma. Era la primera vez que escuchaba hablar sobre la presencia de los restos del capitán reposando en las propias instalaciones del gobierno de la ciudad. Algo increíble, aun hoy en día.
Pues resulta que en aquel año las autoridades locales recibieron el cofre que antes mencioné de manos del sacerdote Fernando Campos del Pozo, un acucioso investigador que había estado en Santo Domingo acometiendo, por cuenta propia, las diligencias para encontrar los restos de Alonso de Ojeda y su mujer —una indígena de origen wayuu— de nombre Palaaira, bautizada posteriormente como Isabel.
Aquella llamada representó una sorpresa mayúscula, así que, después de dar crédito al asunto, por mucho que me costara, lo primero que se me ocurrió fue citar a la persona de mayor antigüedad en la institución. De modo que todo resultó, a partir de ese momento, en un acertijo por descifrar a medida que desentrañábamos aquella sobrevenida cuestión, porque en las primeras de cambio la empleada seleccionada no tenía idea de lo que le conversaba. Deliberadamente omití mencionar a Alonso de Ojeda, limitándome solo al imperativo de localizar el cofre de cristal. Las autoridades del momento igualmente manifestaban su perplejidad con aquella inusual indagatoria. Y por si fuera poco, el cronista oficial de la ciudad, con el despacho cerrado desde hacía mucho a causa de una penosa y larga enfermedad, tampoco daba oportunidad para esclarecer el tema. Un hecho circunscrito, sin que le faltare una coma, a nuestra bien reputada condición de un mundo al amparo del realismo mágico.
Ya claudicando, admitiendo que aquello se trataba de una mera especulación, una mañana, como antes dije, la empleada, apremiada por mi insistencia y, muy probablemente, impulsada por la curiosidad, afinó su pesquisa y obtuvo como recompensa el objeto que buscábamos. Se acercó a mi oficina y colocó con delicadeza sobre mi escritorio la escuálida caja. Luego refirió que la guardó entre otros objetos, como floreros y archivos metálicos, para que no se perdiera durante la mudanza. Los ojos del jefe de seguridad de las instalaciones, a mi lado, brillaron de emoción al percatarse de semejante hallazgo.
Confirmado el hallazgo, mientras se realizaban las diligencias administrativas de rigor, el cofre estuvo guardado en mi escritorio por varias semanas. No hubo revuelo en lo inmediato, porque el asunto era tan vergonzoso por el olvido general —de tan impresentable condición para el ejercicio público— que todo se limitó a dejar constancia del descubrimiento y esperar mejores tiempos para definir qué hacer con el capitán Alonso de Ojeda y su mujer.
—Ese cofre tiene los restos mortales, las cenizas, de Alonso de Ojeda —le dije a la empleada. Se lo comenté, admito, con una sonrisa enigmática, quizás socarrona. Acerqué mi rostro al recipiente y soplé suavemente el polvillo acumulado en la tapa. La mujer se apartó, se sonrojó de nervios y, acto seguido, se persignó como si viera a un espanto.
—¡Ave
María purísima! —exclamó mientras salía a toda carrera de mi despacho.
De algún modo pensé, entonces, en las coordenadas indescifrables de aquel lapü.
Nota:
En
2020 las nuevas autoridades municipales cambiaron el nombre de la ciudad,
conocida desde 1937 como Ciudad Ojeda, retiraron el busto de Alonso de Ojeda de
la plaza fundacional y también le asignaron otra denominación al céntrico
lugar. El cofre regresó a su errante anonimato, como si lo persiguiera una
maldición condenándolo a vagar como un fantasma al que ya nadie teme. El
personaje que grabó el nombre de Venezuela en el mapa, el navegante audaz de
los vientos del Caribe de nuestra historia, hoy se acerca más a una figura
literaria de esa surrealista obra en la cual pareciera consistir nuestro
presente que a su antigua y temida leyenda como implacable conquistador
español.


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