Hay placeres que no admiten prisa
"Un viaje de la memoria personal a la ficción rulfiana a través de un viejo cementerio abandonado." Por Edinson Martínez Instagram Desde el fondo de mis recuerdos de niño, busco constancia de haber estado alguna vez en aquel viejo cementerio, ese mismo que, de reojo, suelo ver como unas ruinas que colindan con las carreteras del sector, no menos abandonado y precario, en el que ya muy pocos habitan y con el que, por razones laborales, debo toparme en el camino. Es una imagen vaga, vaporosa y descolorida que me lleva, cuando menos, sesenta años atrás. Aquel lugar tenía una puerta principal a modo de único ingreso, construida debajo de una estructura en forma de arco de hierro forjado. Era de color plomizo y cada hoja se abría de par en par, como si fuera un libro a través del cual pasaban los dolientes acompañando la carroza fúnebre con su viajero al olvido. En 1951, Juan Rulfo publicó en la revista América el cuento ¡Diles que no me maten! Fue una de las colabor...