Magüe. Una crónica de la luz que todavía me alcanza
Por Edinson Martínez
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El texto que acompaña estas breves líneas de presentación es un artículo publicado en los ahora lejanos días de comienzos de los años noventa del siglo pasado. Lleva un título curioso que —confieso en este momento— utilizo como seudónimo en algunos relatos de obligatoria presentación bajo esta formalidad. No tengo, por tanto, si es que debiera tenerla, explicación racional para argumentar por qué decidí transcribirlo de aquel, mi primer libro publicado en 1995, con el titulo de Mural de papel, a este blog. Mientras lo transcribo, un torbellino de recuerdos vienen a mi encuentro, imágenes de niño que hace un rato cuando releía Magüe, cruzaron mi mente.
Recuerdo aquella mañana cuando, inclinándome sobre la cama, alcancé a mirar la lluvia que caía con fuerza desde temprano a través de la ventana de mi cuarto. Las romanillas permanecían cerradas y apenas una hendija horizontal permitía la vista al exterior, dado que las piezas de madera se acoplaban entornadas. Un pequeño frasco de pastillas, con su tapa de goma a presión, impedía el cierre hermético de aquellas rústicas hojas de madera; colocado allí a propósito para ver el patio, el frasco guardaba en su interior el tesoro más preciado para mí entonces: un trío de metras de colores azules y verde mar que esperaban por el alivio de mis dolores y la fiebre de varios días. Al mover las romanillas, el aire fresco con aroma a lluvia tocaba libre mi cara mocosa mientras miraba, decepcionado, el campo de juegos lleno de agua y lodo. Era el patio de mi casa que, días después, sería el terreno seco y polvoriento que todo jugador de metras anhela.
Magüe
Cuando la avenida Bolívar no era lo que es hoy, ni tampoco la Alonso de Ojeda, y mucho menos la calle Vargas, a Ciudad Ojeda se le podía recorrer en unos cuantos minutos. En esos tiempos solía acompañar a mi abuela con frecuencia en sus menesteres como vendedora a domicilio de mercancías diversas. Era su compañero inseparable por diferentes partes de Lagunillas, Cabimas y Ciudad Ojeda. Sus marchantes, como acostumbraba decir, eran también los míos. De hecho, me tocaba llevar las cuentas en una libreta pequeña, anotando cada detalle. Era a veces un esfuerzo grande para mí, pues apenas estaba aprendiendo a escribir y memorizando las tablas de matemáticas que la maestra Josefalina, con mano firme y amable a la vez, se esmeraba en enseñarnos en la escuela. La vida era sencilla, entonces.
Con la simplicidad que van dando los años —eran tantos que con el tiempo perdió la cuenta de su edad, y cuando se la recordaba, me volvía niño otra vez al encontrar la misma mirada de siempre— resumía las cosas con un antiguo dicho popular; tal vez del siglo antepasado, por la referencia que hacía sobre personajes de la época:
Servir para merecer
ninguno lo consiguió;
y lo vino a conseguir
aquel que menos sirvió.
ninguno lo consiguió;
y lo vino a conseguir
aquel que menos sirvió.
De sus conversaciones me quedan cientos de nombres que, por la frecuencia con que los mencionaba, se nos fueron haciendo familiares. Son historias de piel morena y de sierra coriana que no están en ningún libro ni en ningún otro lugar. No conocí en mi abuela resentimiento alguno hacia nadie; su larga vida estuvo llena de adversidades que, estoy seguro, habrían hecho a cualquiera rencoroso o envidioso de la dicha ajena. Sin embargo, nunca la escuché renegar de nadie. Creo que su tenacidad fue una de sus mayores virtudes, tanto que, aún a los noventa y dos años, aspiraba a vivir por lo menos cien más... y hasta me parecía que cada año cumplido la hacía más joven.
De campesina serrana a manumisa de los Arcaya transcurrió su adolescencia en Falcón. Llegó a ser lavandera de los campos petroleros cuando recién comenzaba el aturdido y afiebrado mundo de la industria, y luego vendedora a domicilio de ropa, lencería y cosméticos, recorriendo los pueblos y caseríos que se erigían al amparo del petróleo.
Pocas veces llegué a ver algo que la doblegara o afligiera seriamente. Una de ellas fue separarse de la amiga con la que, por más de cuarenta años, había compartido desvelos y anhelos desde los tiempos menesterosos de la explotación petrolera. Así, cada mañana, debajo de las matas de mango valenciano que nunca vi crecer porque siempre fueron grandes, Ruperta atendía a mi abuela en su ritual visita. Sus conversaciones variaron con los años: desde el dulce de piñonate hasta, ya en el ocaso, los achaques del cuerpo que se resiste al tiempo. Los dolores de espalda, rodillas y manos eran los temas mientras avanzaban las nieves de la edad. Una tarde de mayo vio partir para siempre a Ruperta Subero rumbo a Margarita, sin que Magüe —mi abuela— pudiera despedirla por una confusión de horarios. Tiempo después nos enteramos de que había muerto en la isla. Mi abuela siempre llevó consigo la tristeza de no haberle dicho adiós.
Cuando en 1984 me tocó ser candidato a concejal por el MAS y los resultados no nos favorecieron, supe después que buena parte de su tiempo lo había dedicado mi abuela, tarjetón electoral en mano, a hacerme campaña. Qué razones daba para que votaran por mí, en verdad no las sé. No creo que ella entendiera mucho de estas cosas; pienso que la única, y para mí la mejor razón, es que sencillamente era su nieto. Luego de conocidos los resultados, me dijo: 'La vida no vale nada si no hay adversidad. Toda cara tiene su cruz y toda derrota su victoria. Algún día será…'.
En el proceso que recién finalizó no tuve a Magüe en mi campaña. Los estragos del tiempo la vencieron finalmente a mitad de año. Pero estoy seguro de que, de haber estado presente, su conclusión habría sido la misma de 1984: no hay derrota sin victoria.
Ciudad Ojeda, 30/12/1992

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